Llevo creyendo que Beach House son el grupo más consciente de sí mismo desde que en Devotion se pasaran primero todo un invierno y luego todo un año a mi lado. Un grupo que se crecía entre el frío y cuyas canciones eran a la vez cálidas y témpanos de hielo, según qué reflejo mirases. Un grupo con un planteamiento que en manos de otros daría miedo, pero en ellos, por contra, llenaba de orgullo. Y ahora, con Bloom estrenado oficialmente pero que casi parece del siglo pasado por el tiempo que lleva filtrado, dejadme: ya sé que es de mala educación, pero voy a señalaros un rato.
Beach House: elefantes drogados para su majestadMe hace gracia que Bloom sea el momento en que algunos han decidido decir en alto que Beach House han hecho un disco monocromo, lineal, cuando precisamente ésa parece ser la esencia. Nuestro Gallego ya nos lo decía mientras esperaba que empezase su concierto de hace un par de Primaveras: a él le aburrían hasta el paroxismo, hasta cambiar su pacífico estado de ser y hacerse merecedores del odio más absoluto. “Estos cabrones te harán odiar”, que diría en su jerga.
Lo cierto es que con Beach House no tiene mucho sentido quedarse fuera. Quizás con casi ningún grupo lo tenga: o buscas la conexión emocional/cerebral/cultural o escuchar un disco se parece bastante a pagarse un viaje para ver fieras semi-drogadas esperando a que las remates y termines tu puñetero safari. De hecho, quedarse fuera se parece bastante a aquellos que dicen que les gusta todo tipo de música.
Editores 0
Comunidad 9