Cuando el alma mater de un grupo decide que puede defender su proyecto el sólo, únicamente con un (majestuoso) piano y una guitarra acústica, se encuentra verdaderamente en una encrucijada. La necesidad de mantener una banda estable es necesario únicamente para grabar los discos, o para dar conciertos en su país natal, pero se da cuenta de que cuando hay que salir del país, resulta mucho más cómodo viajar uno sólo, con menos gastos, problemas de agenda y los típicos roces que pueden surgir con la convivencia. No sabemos cuál es el motivo concreto que ha motivado a enfocar sus conciertos, al menos en nuestro país, de esta manera (si circunstancias ajenas o preferencias propias), pero tenemos que estarle profundamente agradecidos. La dificultad de intentar transmitir lo mismo que las canciones grabadas con otros músicos sólo a través de un instrumento y la voz se ve compensada por la oportunidad de ofrecer en cada concierto un espectáculo distinto, genuino, y una experiencia única para el oyente.
El valor añadido, (si queréis, definidlo como plusvalía) no se basa sólo en la cercanía al artista, sino en la posibilidad de improvisar, dirigirse al público, cambiar el repertorio entre conciertos y hacer las pausas que uno considere necesarias, sin la rigidez de un concierto “tradicional”. Y si el artista en cuestión es un dandy como Neil Hannon, y además de carisma, posee ese fino sentido del humor y la conexión ¿celta? irlandesa-galaica funciona, poco más se puede pedir. Si a ello, le sumamos un repertorio repleto de pop elegante, sofisticado, exquisitamente arreglado, las posibilidades de satisfacción eran plenas.
Realmente imposible encontrarle peros a la actuación. Una sala con muy buena entrada (llena, pero con el suficiente espacio como para estar cómodos), empezando la cita con puntualidad y con un clásico premonitorio de lo que sería la hora y media de velada: ‘Tonight we fly’. Y desde entonces la magia y la admiración mutua que se apreciaba en la comunión del público con el irlandés no hizo más que seguir creciendo a lo largo de 20 canciones (al final, las tenéis en una playlist). El peso del concierto lo llevó principalmente su último álbum, Bang goes the knighthood (celebradísimas ‘I like’ o ‘At the indie disco’ – con el público dando palmas siguiendo el ritmo que él nos marcaba -, o con una oportunísima ‘The complete banker’, dedicada a “nuestros vecinos de Portugal” – como si en España no estuviéramos igual de mal -), las paradas en casi todos sus álbumes (exceptúando su debut Liberation) confirmaban, sobre todo, que a pesar de los múltiples enfoques con los que ha manejado su carrera, trasladadas al formato de concierto era irrelevante intentar diferenciar las etapas, y mucho más sencillo maravillarse ante la cantidad de enormes canciones que nos ha dejado y que han pasado a formar parte de nuestros recuerdos.
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