La verdad es que asistir a un concierto de Jucifer es toda una experiencia ultrasensorial que recomiendo encarecidamente a cualquiera que sienta verdaderamente la música extrema. Por eso no quise perderme a este dúo de titanes del sludge en su nuevo y fugaz paso por nuestro país, con otra nueva cumbre futbolística en TV en un miércoles tras el puente de mayo.
Un nivel de sonido no permitido por la OMSY claro, pocos fans pero selectos convocados por Noisyndicate en la sala The Class y unos Jucifer que se despacharon a gusto durante una hora de terrorismo sonoro. Sesenta minutos aptos solo para iniciados, estómagos ávidos de metal extremo con un nivel de sonido no permitido por la Organización Mundial de la Salud.
Fue una pena que hubiera que suprimir al menos un bis por lo de siempre, los decibelios por encima de lo permitido para la sala y riesgo de una protesta vecinal a la policía. Con todo y con eso, la puesta en escena de Jucifer es digna de ver. Ella, Amber Valentine, con su larga melena rubia suelta tapando su cara, sacando riffs demoníacos de su guitarra Flying, moviendo atrás y adelante y ofreciendo una voz gutural que metía miedo; él, Edgar Livengood, con la batería adelante, y cargándose literalmente parches y platos, a uno le faltaba un trozo, tomando a veces la voz cantante, más chirriante y cortante, y vaciándose como ella hasta la extenuación.
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