Lisabö

Amor y odio es lo que siento por Lisabö. Sus cuatro discos de estudio, su EP y aquella demo con la que debutaron en 1999 me parecen excelentes y sin embargo apenas los escucho por una única razón: no encuentro el momento. No, no es fácil comenzar el día con los irundarras de fondo, llevártelos en el metro o que te acompañen mientras trabajas. Vamos, que por mucho que me gusten ninguno de ellos estaría entre esos discos que me llevaría a una isla desierta de la que sabes que jamás vas a regresar.

Todavía no había tenido ocasión de verles en directo y les tenía muchas ganas. Mucha curiosidad y un poco de miedo por la brutalidad que podía encontrarme el pasado sábado en el Antzoki de Bilbao. Ahora puedo decir que les prefiero en concierto, que es precisamente ese mi momento con ellos, que son más “accesibles” de lo que me podía esperar sin perder ni un gramo de intensidad. Una banda totalmente atípica. Únicos. ¿La banda sonora del fin del mundo?

Dos bateras, dos guitaras, dos cantantes, a vida o muerte, aquí no vienes a bailar ni a corear estribillos pegajosos, se trata de sacar todas esas emociones que tenías ocultas cuando traspasaste la puerta del local, de removerte por dentro de una manera tan visceral que te dejan completamente agotado. Todo multiplicado por dos, muy extremo, crudo, hasta la extenuación.

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