Digan lo que digan algunos de nuestros comentaristas (ey, Cronopio), no hay nada de malo en el pop entendido como vivencia juvenil, como fenómeno de masas, como algo para compartir cuando eres joven y tienes aún mucho que quemar o mucho por lo que desmayarte. No sólo es que no haya nada de malo en esa idea, sino que toda la música popular (el rock y el pop) nace justo de eso: de la posibilidad de que los jóvenes compartieran, a través de grupos y canciones favoritas, una cultura común, diferenciada de la de sus padres.
Las pruebas de que lo que está mal no es esa idea, sino lo que a veces se hace con ella en terrenos industriales, se puede encontrar, por ejemplo, en 1965. También en otros año, pero 1965 me vale como ejemplo porque es el año en que se editaron Today!, de los Beach Boys, Mr. Tambourine Man, de los Byrds, o My Generation, de los Who. Todos ellos grupos masivos, de fans adolescentes que rozaban primero la histeria y que luego aprendieron a ver el mundo con otros ojos gracias a las canciones de sus ídolos. 1965 es también el año de Rubber Soul, sexto disco de los Beatles y primer paso hacia una perfección madura que estaba ya a la vuelta de la esquina.
Rubber Soul es algo así como el disco infravalorado de los Beatles. La culpa, posiblemente, sea del enamoramiento de los críticos por Revolver o Sgt. Pepper’s. Parece como si a la luz de ambos discos, este primer paso de los Beatles hacia su alma psicodélica fuese una obra menor. Yo, que como sabéis tengo amor por las cosas pequeñas bien dispuestas, no puedo resistirme a Revolver (para mí, EL DISCO de los de Liverpool), pero prefiero mucho antes Rubber Soul a Sgt. Pepper’s o incluso al White Album (donde las imperfecciones hace que los Beatles sean aún mucho más estimables, pero de eso ya hablaremos otro día).
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