Pese a que no lo pueda parecer, Ty Segall es un tipo muy consciente de sí mismo. En realidad, la evolución de su carrera musical es bastante solvente y hasta cierto punto previsible. Pero pese a todo, Ty Segall es un adorable y bendito loco para quien las reglas de lo normalmente establecido son meros impedimentos, obstáculos en la batalla por la genialidad. En esta reencarnación, Ty Segall ha dado el paso hard que seguramente todos deberíamos dar alguna vez en la vida. Viciado y desquiciado, sin embargo, Slaughterhouse es una locura muy cuerda.
Slaughterhouse: todo es más grandeCómo entender sino la distorsión descacharrante de ‘Dead’, la primera canción de Ty Segall Band, que no es más que un nombre bajo el que englobar su nuevo sonido. Que en realidad es el mismo sonido de siempre, sólo que mucho más grandilocuente. Y no en el sentido épico, sino en el sentido grande. Las canciones de Slaughterhouse son las más grandes, por tamaño, que Ty Segall ha compuesto jamás. Las guitarras se elevan dos o tres palmos del suelo y se transforman en un monstruo gigante, en un Godzilla, del garage rock.
Slaughterhouse es el reverso tenebroso. Es sencillo de entender. Desde la portada hasta ‘Fuzz Wars’, la incomprensible ida de olla de diez minutos de puro ruido. Ahí escucháis guitarras pero pensáis en trastos de metal chocando entre ellos y en los mundos post-apocalípitcos de Terminator. ‘Fuzz Wars’ sólo puede surgir de la mente de un enfermo, o de un desequilibrado. Y lleváis razón. Ty Segall lo es. Está completamente loco. Pero venid, acudid a él como acudieron miles de ellos a Jesucristo. En la enajenación se esconde la divinidad.
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