Syd Barrett

Lo admito: yo a los Pink Floyd de después de Barrett los soporto bastante mal. Algunos discos me gustan más y muchos de ellos menos, pero ninguno me provoca esa emoción de saber que, por mucho que diesen vueltas a una misma idea, sus canciones nunca se estancaban.

Como a mí, hay a bastante gente a los que el primer disco de Pink Floyd eclipsa todo lo posterior. Pero de los otros hay más: a millones de personas eso no les pasa, no hay más que ver las cifras de ventas de los discos de las bandas o sus megalómanos conciertos. En cierto modo, las canciones de Syd me parecen más humanas, mientras que las de los Pink Floyd con Waters al mando son tan enormes que se me van de las manos.

Así que los primeros hemos salido perdiendo, ¿no? Bueno, relativamente. A Barrett se le fue la pinza y dejó de hacer música, pero, además de The Piper…, dejó dos discos en solitario llenos de su mejor música. De ellos toca hablar en esta última parte del especial que Gallego y yo mismo hemos planteado en Hipersónica para celebrar la reedición de una obra fundamental en la historia de la música.

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