Hay discos a los que su fama les precede, discos a los que rodea un aura de misticismo que les convierte en referentes incluso para quienes no hayan escuchado ni una sola de sus canciones. Estos discos tan especiales, únicos e irrepetibles se pueden contar con menos dedos de los que tengo en ambas manos, y sin lugar a dudas The Dark Side of the Moon es uno de ellos.
Cualquiera con un mínimo de cultura musical conoce el octavo disco de Pink Floyd, lo cual lo sitúa en una posición un tanto peliaguda para todos los frentes: quienes ya lo disfrutamos podemos pecar de entusiastas y fanáticos a la hora de hablar de él, y quienes no tengan el gusto pueden sentirse abrumados por el peso de semejantes expectativas. Es el riesgo que tiene repasar uno de los mejores discos de la historia (¿el mejor, quizás?, no entraré en ese terreno por ahora) casi cuatro décadas después de su lanzamiento; pero aquí estamos, el álbum, vosotros y yo, dispuestos a hacerlo lo mejor posible.
No soy de esas personas capaces de marcar un grupo o un disco como mis favoritos, pues mis preferencias y sensaciones varían a lo largo de los años, al ritmo que madura mi forma de vivir la música. Pero planteándolo de otra forma, sí que diría que The Dark Side of the Moon es el disco que me llevaría a una isla desierta si sólo pudiera elegir uno para oír durante el resto de mi vida, así que sirva esto como aclaración antes de entrar en faena. Éste es para mí un álbum muy especial, que ha influido de forma fundamental en lo que hoy soy como amante de la música y como persona, y que por tanto no voy a tratar como un más.
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Esta sí es la obra maestra de Pink Floyd, no ese artificio llamado The Wall.