Hidrogenesse. Simple y llanamente, palabras mayores. Genís Segarra hace y deshace en mil proyectos, pero ni siquiera en los formidables Astrud tiene a alguien que le entienda tan bien como Carlos Ballesteros.
Palabras mayores, sí, porque siendo más raros que un perro verde y perteneciendo a un grupúsculo tan singular como el colectivo austrohúngaro, se saltan sus propias barreras y de repente se casan un disco que se lo enseñas a Brian Eno en los 70 (su mejor época) y se echa a llorar.
Brian Eno. El glam. Sparks. Neu!. El rock alemán. Cuaja todo. A Hidrogenesse les dices que te hagan la versión de una canción de cabaret catalán y les sale genial (en El Vestir d´En Pascual la bordan, oigan).
Sí, les cuadra todo. Cosas tan distantes como crear un disco conceptual sobre mascotas en el que la muerte se les cuela en canciones demoledoras (El árbol, insuperable) justo después de haber hecho un instrumental en el que los teclados imitan a las aves (Pajaritos y pajarracos la titulan y se quedan tan anchos).
Genís Segarra y Carlos Ballesteros, ¡menudo par son ellos!, se agenciaron al mejor batería posible para su proyecto: Alfonso Melero, el mismo que aporrea con sentido y sensibilidad en la parte trasera de las imprescindibles Hello Cuca. De un grupo de rock´n´roll fifties básico (ésa es la capa más visible de las murcianas, aunque tienen mil aristas más) a uno inclasificable, pero capaz de crear más hits por disco que ningún otro artista español.
A ver, sumemos: El poder de mis tejanos, Vamos a casarnos, Los Perezosos, Schloss, y la desde ya mítica Disfraz de Tigre.
Inteligencia, ritmos marciales, teclados años 70 y Carlos Ballesteros (el crooner al que este país nunca adorará, aunque Benidorm sería un buen lugar para sus actuaciones). Demasiado para el cuerpo. ¿Qué hacen las revistas, que ninguna le ha dedicado el disco del mes? ¿En qué piensan? ¿Por qué mirar afuera, si la vanguardia pop vive escondida en Rubí? Grandes.
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