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Ty Segall

No estamos acostumbrados a ver pasar la Historia por delante de nuestros ojos. Por eso somos incapaces de identificarla, de reconocerla, de saber que somos nosotros mismos y que, en el futuro, alguien hablará de lo que nosotros vivimos, vemos, oímos o hacemos. En el futuro alguien hablará del año de Ty Segall, y hablará de su 2012 apoteósico, y de nosotros, quienes lo narramos en directo, y de vosotros, quienes lo vivisteis día a día. La Historia ha pasado por delante de todos nosotros y el resultado son tres discos incuestionables, imperfectos, divertidos, canónicos y reverenciales.

Ty Segall: la hiperactividad anfetamínica

Si Sonic Youth admitían publicar discos con admirable frecuencia gracias a las anfetaminas, deberíamos recurrir al mismo argumento, certero o no, para hablar de Ty Segall y de la escena californiana que se prodiga en trabajos conjuntos, homenajes, EP’s y discos a un ritmo frenético, apasionante, imperdible. Los tatuajes, los pantalones cortos, el amor por los sesenta, el revivalismo que no lo es, el movimiento que ha estallado en los dos últimos años en una serie de grupos y discos sensacionales. Es ahí donde debemos buscar a Ty Segall y el por qué de su fulgurante relevancia en este 2012: algo se mueve en California, y eso es una excelente noticia para la música.

Porque además todos parecen estar unidos por vasos comunicantes que nos llevan de White Fence a Woods pasando por Thee Oh Sees, Sic Alps, The Spyrals o The Fresh & Onlys. Y por supuesto a Ty Segall o a Mikal Cronin. Hay elementos comunes y perspectivas artísticas que nos permiten hablar de un revival del garage rock. Pero no un revival ramplón, únicamente imitador: aquí hay ideas, aquí hay creatividad, aquí hay frescura y aquí hay un sonido que marca a una generación y que obtendrá un reconocido lugar cuando los ojos de la Historia alumbren los convulsos primeros años del siglo XXI. Y quién sabe si sobre la maraña de grupos que los tiempos modernos producen destacará Ty Segall y su talento inabarcable.

Segall ha publicado este año tres discos: Hair, junto a Tim Presley (aka White Fence); Slaughterhouse, junto a Mikal Cronin, Charlie Moothart y Emily Rose Epstein (aka Ty Segall Band); y Twins, junto a sí mismo y todas sus reencarnaciones psiquiátricas. Cada una de las tres referencias dista notoriamente de la anterior: Segall ha pasado por encima del folk psicodélico de los sesenta, del Funhouse de los Stooges y de los Beatles del Revolver para malear a su antojo los resortes más elementales y universales del garage y el pop. Ha tocado tantos palos, lo ha hecho con tal seguridad en sí mismo y con tan buen resultado, que resulta inevitable no caer rendido a sus pies.

2012 ha sido su año no sólo por la cantidad de proyectos en los que se ha involucrado (recordemos que también ha participado en el homenaje que algunos de los grupos anteriormente citados han dedicado a The Velvet Underground) sino por su calidad. Es muy difícil rayar el sobresaliente cuando la productividad es tan alta, pero ahí ha estado Segall, reivindicando la facilidad de composición de las más brillantes mentes musicales de los sesenta. En un mundo en el que parecía que era imposible sacar más de un disco en menos de un año, aquí llega Segall (y todos los demás).

Hair: el disco colaborativo del año

Y sin embargo, pese a todas las virtudes que atesora Ty Segall, aún necesita quien le siente la cabeza y temple los ánimos. No hay otro modo de explicar Hair. Hair es un disco de balances: el que Tim Presley y Ty Segall se han supuesto el uno al otro. Mientras Segall añade robustez y consistencia al sonido languideciente de White Fence, Presley dota de psicodelia campestre, arreglos de cuerda y sentido sesentero a la voracidad compositiva de Segall. Es una combinación perfecta, donde se compensan los defectos y subliman las virtudes. Y el resultado es impresionante: un disco corto, de ocho canciones, que parece eterno.

Es así porque parece no terminar nunca, y cada vez que termina sólo pide volver a empezar. Como explicó Presley, el proyecto inicial distó de cómo se desarrolló más tarde. En un principio, cada uno aportaría cuatro canciones, las tocaría y no se entrometería en las otras cuatro canciones. Pero durante el proceso de grabación surgieron ideas y finalmente Hair se convirtió en el proyecto improvisado del (en realidad) mejor grupo debutante del año. Oh, es una delicia. De verdad, pasad por ‘The Black Glove/Rag’ o por ‘Scissor People’. Hay pocos discos así este 2012.

Y no contentos con ello, Segall y Presley legaron una de las canciones del año y quién sabe si del último lustro. ‘I Am Not a Game’ es una brutalidad. Por el organillo, por el ritmo sostenido, por cómo estallan las guitarras en el estribillo, por la locura imperecedera, por la eterna juventud.

Antes de Slaughterhouse, que merece una atención detallada, Segall continuó con su carrera en solitario publicando Twins después del verano. Parecía un disco más otoñal, o no, o al menos para agitar el otoño con profunda distorsión y frenetismo desenfadado. Segall retomó así la serie de moderadamente buenos discos tras el fantástico Melted y el no tan estimulamente pero igualmente fantástico Goodbye Bread. Twins oscila a mitad de camino entre ambos, más salvaje y mucho más Lennon, por más que esto pueda parecer contradictorio. ¿Se acercó deliberadamente Segall a él? Él mismo habla así de Twins:

Twins va de los sentimientos acerca de tener múltiples personalidades en tu cerebro. Hay algo de eso que va conmigo. Simplemente es cómo las personas son, todo el mundo es así en cierto modo, solo que algunos tienen más modos de manejarlo. Pero siento como que esas personas explotan en otra persona alguna que otra vez. Y luego está lo obvio, gente loca gritando cosas sin sentido desde la esquina de una calle, también hay algo de eso en todo el mundo.

Claro, Ty. Hay algo de eso en todos nosotros, tus discos nos lo recuerdan a cada segundo.

Slaughterhouse: el garage también podía sonar así

Soy una persona muy ansiosa, paranoica.

Álex definió a Slaughterhouse, con mucho tino, como el Funhouse de nuestra generación. Yo le compro la comparación, porque al igual que los Stooges quisieron sonar hard desde un garage, Segall se empeña en llevar su alegato garagero a terrenos cercanos al metal en sus distintas variantes. Hay algo de eso, y de experimentación enajenada, y por eso Slaughterhouse está disfrutando de tan buena acogida en casi todos los rincones del panorama musical internacional. Cuidado: estamos ante un disco grandísimo, enorme, gigantesco, puede que canónico.

Slaughterhouse podría convertirse en el pilar fundacional de miles de chavales tratando de sonar así de locos y de macarras desde el patio de su casa. Bienvenidos al mundo de las guerras fuzz, de la exageración de la rebeldía juvenil, de todos vuestros miedos y de los pesadísimos muros de sonido que envuelven a Ty Segall Band en cada uno de los diez cortes del disco. Slaughterhouse es efectivamente un matadero donde Segall disecciona todas sus influencias, las deforma de forma salvaje y las vomita repletas de taras mentales y desequilibrios psiquiátricos.

Y aquí reside la clave de por qué Segall es el personaje del año. Porque no se conforma con publicar muy buenos discos revivalistas. Porque siente la imperiosa necesidad, probablemente por sus propios impulsos mentales incontrolables, de ir hacia donde se supone que está prohibido. Se supone que el garage y la baja fidelidad tienen una serie de límites sonoros difíciles de traspasar, pero él se empeña en ir más allá y sonar grandilocuente y épico desde un género no especialmente dado a los excesos de este tipo. Puede que esto suene demasiado histérico, pero en cierto modo Segall y este disco responden a todos aquellos que creían que la creatividad musical había muerto.

Slaughterhouse es un nuevo género aún por explotar, el garage hard. La violencia también puede ser un disco a rentabilizar en la escena independiente, y Slaughterhouse es un disco muy violento (además de divertido). Y si quedaba por discutir hasta qué punto Segall era capaz de trasladar tan sonoros atributos al directo, allí donde en teoría se definen los grandes artistas de los artistas medianos, su único concierto en España este año parece haber borrado de un plumazo cualquier atisbo de duda. Yo no estuve allí, pero Álex sí. Y contó esto:

Sobre la misma baldosa en la que Mudhoney clavaron su pica hace 25 años, el californiano Ty Segall está levantando ante nuestros ojos, aquí y ahora, una obra descomunal (…) Una guerra de fuzz. No una escaramuza cualquiera. Lo del otro día fue lluvia de napalm sobre la jungla vietnamita. En cuanto Segall, Mikal y Moothart pisaban sus pedales de fuzz, Gazteszena se convertía en una estampida de búfalos demenciados, una turbina sonora que, como un agujero negro, te engullía y te apretaba las sienes. Mientras, en el escenario, Segall y Cronin tejían melodías que a veces podían llegar a ser hasta dulces, mientras que Emily Rose Epstein se mantenía en un elegante segundo plano tras la batería.

Aquí y ahora significa Ty Segall. 2012 ha sido su año y es improbable que repita algo parecido de cara al año que viene. Hay que pensar que Segall tiene apenas 26 años y que pese a lo impresionante de su trayectoria, pienso que su gran, gran disco aún está por llegar. Y al igual que no somos capaces de ver la Historia que sucede frente a nuestros ojos, es posible que en su momento no seamos capaces de comprender la magnitud de ese gran, gran disco. Pero por si acaso deberíamos estar allí. Por la diversión y por si la Historia, esta vez, nos ilumina de frente.

Imagen | Beats Per Minute

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