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The Chills

Hay quien ha querido ver en The Chills el estandarte del Dunedine Sound. Si bien la afirmación parece exagerada, es justo que la historia delegue en Martin Phillips, auténtica alma del grupo, la portavocía de una generación irrepetible. ¿Por qué The Chills? Seguramente por su proyección internacional. The Chills transportaron la palabra de Nueva Zelanda por Europa y Estados Unidos, The Chills fueron el sonido del Dunedin Sound. En muchos sentidos, The Chills fueron el grupo vehicular de Flying Nun Records y, en formidables ocasiones, una dicha de virtudes pop desde la psicodelia y la quietud.

The Chills: el éxito de Nueva Zelanda

No es casualidad que tanto The Chills, The Bats, The Clean y The Verlaines, acaso las cuatro bandas más relevantes del Dunedin Sound, comenzaran y finalizaran sus carreras prácticamente al mismo tiempo. El Dunedin Sound fue la definición exacta de movimiento generacional. Phillipps, Downes y Kilgour compartían las mismas vivencias, referencias culturales, ansiedades intelectuales e inquietudes artísticas, y su elegía indie pop, la de cada uno de ellos, se encontraba con sus homólogas en los rincones más esperados, fueran éstos discos, compilaciones o conciertos. Merece la pena destacar que todas ellas, incapaces de decir que no, continúan aún en activo.

Pero hablar de The Chills en plural se antoja una temeridad. Si The Verlaines son Graeme Downes, The Chills son, a la fuerza, Martin Phillipps. The Chills fue el proyecto personal más reconocible del Dunedine Sound. Phillipps ha sido el único miembro permanente desde que el grupo debutara en 1982 en el ya celebérrimo Dunedin Double EP, primera grabación publicada por Flying Nun. Desde entonces una miríada de músicos neozelandeses han pasado por sus filas. La mayor parte de ellos no ha estado en activo más de dos años, lo que nos da una idea de hasta qué punto The Chills no es un grupo, sino el proyecto personal de la mente expansiva y obsesiva de Phillipps.

No en vano, The Chillls también han sido Martin Phillipps & The Chills, en una definición mucho más exacta de la realidad sociológica del grupo. Está Martin Phillipps, y luego están los demás. Y parece que dicho axioma es extrapolable al Dunedin Sound, donde no hay una personalidad tan reconocible en ninguna de las demás bandas. Hay constantes en la discografía de The Chills que no se evaporan y que permanecen inalterables a lo largo de casi tres décadas de trayectoria. The Chills siempre han sido un grupo de pop ligero. The Chills siempre han basado su propuesta en los teclados. The Chills, aparentemente, siempre han sido lo mismo.

Y sin embargo podemos encontrar líneas evolutivas que conducen desde el ya añejo Dunedin Double hasta su último disco de estudio, Soft Bomb (1992). En Nueva Zelanda, remitirse a la psicodelia pop es hablar de Phillipps. Nadie como él fue capaz de comprender la ligereza de la lisergia en estructuras pop desenfocadas, a menudo repletas de rincones escurridizos y mucho menos evidentes de lo que, en teoría, debía ser el indie pop. The Chills sustentan su propuesta en guitarras subterráneas y teclados de juguete. Es el único grupo del Dunedin Sound que relega las guitarras a un segundo plano, y por eso también resulta paradójico que, de algún modo, represente el movimiento.

Pese a todo, The Chills sí representan el éxito de Nueva Zelanda. Poco después de publicar sus primeras grabaciones, antes incluso de su célebre Submarine Bells (1990), el grupo se embarcó en giras europeas y estadounidenses. Estas últimas se convertirían en algo común. Más allá de toda consideración, The Chills aman el directo. Sólo así se explica que en su haber tan sólo se cuenten tres discos, otras tantas recopilaciones y que, pese a no haber publicado oficialmente nada desde 2004, Phillipps considere que el grupo continúe en activo. ¿Cómo es posible? Tan sólo desde el fervor que produce el directo: The Chills siguen actuando en Nueva Zelanda, y por eso son un grupo vivo.

Kaleidoscope World: el mejor recopilatorio

En 1982 The Chills publicarían sus tres primeras canciones junto a The Verlaines, The Stones y Sneaky Feelings. Aún hoy resulta fascinante escuchar ‘Kaleidoscope World’ y, acto seguido, acudir a cualquier canción publicada diez años después por el grupo. Las mismas constantes, las mismas virtudes, los mismos defectos. ‘Kaleidoscope World’ no sólo marcaría el devenir artístico del grupo, sino también el simbólico. La canción daría nombre al primer recopilatorio del grupo, antes de que viera la luz el primer disco en directo, continuando la tradición de Flying Nun de compilar las maquetas y EP’s primigenios de sus principales grupos.

Pero eso sería más tarde, y ‘Kaleidoscope World’ no sólo era una canción fantástica sino que también definía gráficamente la música que Phillipps tenía en la cabeza. The Chills sonaban, huelga decirlo, a un caleidoscopio de organillos de feria, guitarras jangle y el regusto siempre dulce de Postcard Records (Aztec Camera, Orange Juice, etcétera). También ‘Satin Doll’ o ‘Frantic Drift’ se circunscribirían a los mismos patrones: la primera camina entre ritmos marciales, desarrollos de guitarra heredados de The Dream Syndicate y cierta sensación de jam improvisada; la segunda se sostiene sobre teclados muy The Doors, coros y cambios de ritmo.

Aquella fue la aportación del grupo al primer EP de Flying Nun, y a partir de ahí un larguísimo camino hasta Brave Words (1987), el debut en formato largo de The Chills. ¿Qué sucedió entre tanto? The Chills no estuvieron prados. En 1982 publican el maravilloso single Rolling Moon, donde la canción homónima, ‘Bite’, y ‘Flame Thrower’ componen un tríptico repleto de energía punk (el primer grupo de Phillipps no fue pop) y espíritu twee. ‘Rolling Moon’ es una de las canciones más perfectas, caseras y adictivas de The Chills, que en pocas ocasiones recuperarían el mismo espíritu juguetón-pop.

The Chills aún eran un grupo amateur en 1982, y dos años más tarde comenzarían a definir su patrón sonoro en Doledrums/Hidden Bay, el segundo single. ‘Doledrums’ supone un punto de evolución relevante: a partir de aquí, Phillipps comenzará a manejar con mayor destreza la virtud orgánica de sus canciones, las armonías vocales (diminutas pero sorprendentemente relevantes) y los arreglos de cuerda siempre por debajo de la melodía y de la psicodelia empapada que inundará el resto de su discografía. The Chills tenían cierto punto brit en sus canciones que, a la postre, no pasaría desapercibido en las islas europeas.

Pero si hay un auténtico punto de inflexión en la carrera de The Chills ese es el single Pink Frost/Purple Girl (1984), donde Phillipps idearía la canción a la postre más célebre de su proyecto. Y es bastante sorprendente, porque ‘Pink Frost’ no es un conjunto de virtudes pop, sino de punteos inagotables al estilo Galaxie 500 y estribillos agotados con reminiscencias post punk. Es un hit atípico. Cuatro años después de su debut, The Chills aparentaban ser el grupo más convencional del Dunedin Sound, y sin embargo eran, en bastantes más sentidos que The Verlaines, la formación más extraña y quebradiza de su generación.

La entrada en los noventa

Antes de ‘Pink Frost’ The Clean ya habían lanzado su primer EP, The Lost EP (1985), estableciendo puentes entre sus orígenes dinámicos y enérgicos y su conversión en un grupo de pop celestial al mismo tiempo que inquietante. ‘This Is The Way’ sólo puede ser definida de ese modo, etérea entre un mar de teclados parsimoniosos, esquizofrénica entre los susurros oníricos de Phillipps. Habría punk en ‘Never Never Go’ y aires psico-folk en la campestre ‘Bee Bah Bee Bah Bee Bow’, psicodelia garagera en ‘Whole Weird World’ y melodías socarronas en ‘Dream by Dream’. De nuevo, un grupo neozelandés partía de lo monolítico para derivar en una amalgama muy consistente de estilos.

Todo lo anterior, además de los singles I Love My Leather Jacket/The Great Escape (1986), se fusionaría en Kaleidoscope World, del mismo año, el no-disco que todo el mundo debería escuchar para comprender el universo artístico, sonoro y simbolico de The Chills. Kaleidoscope World es la mejor obra de The Chills porque aúna en un sólo trabajo la convulsa década de los ochenta en Nueva Zelanda, y presenta a un grupo vivo, en absoluto autocomplaciente y repleto de rincones y esquinas que investigar. Las canciones se retorcían sobre sí mismas y Phillipps se prodigaba en ideas y disparates. Kaleidoscope World es sensacional.

A partir de aquí, The Chills publicarían tres discos de estudio: los ya citados Brave Words y Submarine Bells y Soft Bombs (1992). Y poco más. Soft Bombs supone un relativo punto y final a la histiria de The Chills, interrumpido en 2004 por el EP Stand By, apenas una nota a pie de página de una banda que, posiblemente, murió antes de tiempo. Al menos en el aspecto creativo, que fue fascinante, complejo y, por qué no decirlo, muy divertido. The Chills, en cualquier caso, nunca fueron un grupo de hits como The Clean, emocional como The Bats, o genial como The Verlaines. Caminaron a mitad de camino de todo, siendo todos y ninguno al mismo tiempo.

Nada mejor para entender la última fase de The Chills que el aclamado Submarine Bells. Desde la apoteósica y premonitoria ‘Heavenly Pop Hit’, Submarine Bells hace de lo orgánico su razón de ser. Los teclados elevan hasta los altares todas las canciones y le sirven de cimientos. Las guitarras ni siquiera ejercen su labor de excavadora subterránea. Ahora son mero acompañamiento para melodías extraídas de otro mundo, psicodelia ligera y un sentido pop demasiado afinado. No es un disco perfecto, pero sí cuenta con momentos que casi lo son: la velocidad endiablada de ‘The Oncoming Day’ o la muy cabaretera, a su modo, ‘Don’t be – Memory’.

El resto del disco transcurre entre pasajes tranquilos y repletos de frugal quietud (‘Submarine Bells’), tonadas de tintes new wave (‘Dead Web’) o incluso pequeños alegatos shoegaze (‘Familiarity Breeds Contempt’). Submarine Bells es esencial porque resume el universo de Phillipps y lo dota de la herramienta definitiva: un disco total que ponga consistencia donde antes sólo había maravillosos subterfugios. The Chills es el grupo más difícil del Dunedin Sound, pese a que fuera el más célebre o mínimamente exitoso. Pero una vez descubiertos sus trucos, sus trampas, merecen toda la pena del mundo que podamos ofrecerles.

The Chills: discografía

  • Rolling Moon (single, 1982)
  • Doledrums / Hidden Bay (single, 1984)
  • Pink Frost / Purple Girl (single, 1984)
  • The Lost EP (1985)
  • I Love My Leather Jacket / The Great Escape (single, 1986)
  • Kaleidoscope World (1986)
  • Brave Words (1987)
  • House With a Hundred Rooms / Party in My Heart (single, 1987)
  • I’ll Only See You Alone Again / Green Eyed Owl (single, 1987)
  • Wet Blanket / I Think I’d Thought I’d Nothing Else to Think About (single, 1988)
  • Submarine Bells (1990)
  • Heavenly Pop Hit EP (1990)
  • Heavenly Pop Hit / Whole Lot of Non (single, 1990)
  • Part Past Part Fiction / Water Wolves (single, 1990)
  • Soft Bomb (1992)
  • Double Summer / Halo Fading (1992)
  • Male Monster from the Id (1992)
  • Heavenly Pop Hits (1994)
  • Secret Box: The Chills Rarities 1980 – 2000 (2001)
  • Stand By EP (2004)

Especial Dunedine Sound

Sitio oficial | Flying Nun Records

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