
Black Flag ya eran un grupo influyente mucho antes de su primer disco largo. Gracias a singles como ‘Nervous Breakdown’ habían conseguido transformar el punk en algo diferente. Habían llevado la velocidad a un punto terminal y, gracias a eso, se habían convertido en uno de los mitos del hardcore.
No sólo eso: las autoridades les consideraban peligrosos y acudían a sus conciertos para cerrarlos antes de tiempo. Convertidos en el enemigo público número uno, sacados a veces a porrazos del escenario, manipuladas sus declaraciones por los medios de comunicación… Estaba claro que el caldo de cultivo era el ideal para convertir a Black Flag en un mito juvenil.
Hechos con furia y rabia y liderados por la mano firme (muchas v eces tiránica) de Greg Ginn, el grupo aún tenía que solventar el desafío de un disco largo. Y, después de muchas dudas, los de California por fin habían conseguido un cantante digno de su poderío: Henry Rollins, un seguidor de la banda de Washington DC y amigo de Ian MacKaye (Minor Threat) había demostrado sus cualidades sobre los escenarios. Era hora de grabar el primer disco largo.
Pero, ante esa situación, a Ginn le llegó una pequeña crisis de fe. Sabía que tocar lo más rápido posible era un callejón sin salida. Una vez que alcanzasen el final del camino, ¿cuál sería el siguiente paso de Black Flag? ¿Hacia dónde irían como grupo?
Ginn decidió poner las vendas antes que la herida. No le gustaba hacia dónde estaban yendo sus compañeros de generación: simplificando los ritmos, el hardcore perdía punch o, en palabras de Ginn, “swing”. Así que, a la hora de ensayar los temas que iban a formar parte de Damaged, obligó a la banda a tocar las canciones en un ritmo lento y luego, cuando ya lo tenían controlando, las fueron acelerando. Ginn quería que se mantuviesen las sensaciones sinuosas de los ritmos tranquilos incluso tocando a la velocidad de la luz.
Así fue como Black Flag se lavaron la cara y grabaron un disco inmenso. Muchas de las canciones de Damaged mantenían la brutal descarga, rapidísima, de los grupos hardcore. Otras, como ‘Damaged I’ (imeem), eran fruto de ese nuevo planteamiento y, desde luego, muy poco fieles a los ideales del estilo.
Damaged I era ruidosa, potente, brutal, pero no rápida. Era una descarga eléctrica sostenida por un lado por un riff lentísimo, torturado, y por el otro por el exhibicionismo de Henry Rollins, que narraba abusos psicológicos como si los estuviera sufriendo en el momento de cantar.
Como otras canciones del disco, ‘Damaged I’ era violenta. Pero, además, en este caso el oyente puede sentir físicamente la tortura emocional de un grupo inmenso.
Los ladridos de Henry Rollins, las cuerdas llevadas al extremo, la demostración de que tocar lento puede ser tan asfixiante y brutal como ir al límite. ‘Damaged I’ es precursora en muchas cosas que pasarían en los 80 y en los 90. En ella están reflejados gente como Slint, como Fugazi o como cualquier cosa en la que haya participado Steve Albini (como músico, como no-productor ya es distinto). Parte del rock underground más perturbador de las últimas tres décadas nace de ella y de sus compañeras en un disco inmenso y de obligada escucha para los amantes de lo extremo.
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