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Todos los discos de R.E.M.

Excusatio non petita: Cada vez que me siento a escribir algo sobre Murmur, me encuentro desarmado. No puedo aspirar a reporducir ni lo más mínimo los sentimientos que en mí provoca. Ni tan siquiera he sabido nunca argumentar del todo por qué Murmur es uno de los discos fundamentales de mi vida y uno recomendable hasta la extenuación para cualquier persona mínimamente interesada en la música americana, en el garage, en el folk o en casi cualquier cosa. Pero allá vamos de nuevo.

El misterio es lo que hace a Murmur (“una de las siete palabras más fáciles de pronunciar en lengua inglesa”, según el grupo) tan especial: Misterio por las letras crípticas y con mil sentidos distintos; por la música, que lo mismo recuerdo a los años 60 que al post-punk; o por la forma en que está producido. Misterio porque un disco así, de apariencia tan underground, es a la vez una obra de fácil digestión y que, en primera instancia, a muchos no les parece para tanto.

Soy de los que piensan que todo en este debut largo de R.E.M. se resume en eso: en el enigma, en la incapacidad de comprender cómo un hatajo de jovenzuelos con poca experiencia pudieron parir algo tan sutil y seguir haciendo música después de eso. A otros, por algo parecido, las musas nunca más les han vuelto a visitar.

R.E.M. MurmurTras Chronic Town, R.E.M. se plantaron en el estudio de grabación con una sola idea clara: querían un disco hecho con guitarras acústicas, uno que sonase aún más a las raíces de la música americana. Ya digo que era lo único con lo que todos estaban conformes, porque el grupo atravesaba una crisis de confianza en sí mismo de las de caballo. No era para menos: la primera vez que habían intentado grabar las canciones para su primer disco largo, el productor Stephen Hague se los había llevado a Atlanta, habían tocado Catapult y Hague la había aderezado con unos sintetizadores que les horrorizaron. Tras eso, pensaban que nadie les iba a comprender.

Pero Mitch Easter y Don Dixon lo hicieron. Mimaron al grupo y consiguieron crear un buen clima de trabajo. Además, les propusieron hacer una producción especial y R.E.M. aceptaron, aun con ciertas reservas. Dixon recuerda que no querían nada perfecto:

La combinación de las limitaciones de cada persona como músico era una gran parte del sonido, así que no te podías deshacer de ellas y ponerles arreglos al estilo de Curtis Mayfield.


(Moral Kiosk, youtube)

Murmur se grabó en un estudio que era utilizado habitualmente por grupos religiosos. En cuanto se supo, la prensa musical, siempre dada a la mitología, quiso ver en el misterio de aquel debut (calificado en sus críticas con palabras como “enigmático”, “hipnotizado” o “una vaga obsesión”) algo profundamente espiritual.

Pero Murmur era muy terrenal, desde esa portada donde una típica enredadera de Georgia, el Kudzu, se adueñaba de todo el paisaje, incluso de una antigua vía del tren (que, gracias a este disco y a su persistente enigma, ya tiene hasta una sociedad para protegerla). El disco plantaba los pies en la tierra, pero como si la realidad la hubiese escrito el Ray Bradbury de El vino del estío: con esa mezcla de candidez y melancolía por un tiempo pasado que nadie ha vivido. En Murmur hay una atmósfera peculiar, de tristeza contenida, que acentúna las guitarras de Peter Buck, no tan Byrds como en su día se dijo.

Hay, además, una sección de ritmos prodigiosamente sutil, contundente cuando debe serlo, pero que en ese mismo momento te acaricia. Bill Berry sonaba post-punk y, sin embargo, nunca convertía a las canciones en algo agresivo. Los temas de Murmur no se enfrentan con el oyente, sino que le acunan, incluso los más Gang of Four (9-9, por ejemplo).

(Perfect Circle, Youtube)

En Murmur, además, está un bajista capaz de sacar chispas de su instrumento, con líneas sencillas a la vez que inexcusables. Mike Mills brilla a las cuatro cuerdas porque no se sabe si está plegado a lo que hacen las guitarras o, al contrario, es Peter Buck quien, con sus arpegios, trata de ponerse a la altura del bajista. Mills, además, es el responsable de las mil y una canciones que hay detrás de los doce temas que componen Murmur. Porque, por un lado, están los cortes del album propiamente dicho y, dentro de ellos, gracias a las segundas voces de Mills, hay melodías secundarias de sobra como para sacar otros 20 discos.

Y luego está Michael Stipe, vocalista impresionante, garganta con mil recursos, versatil hasta lo insospechado. Capaz de ponerse tenso y balbucear palabras atropelladamente o de sonar cristalino e inteligible en la misma canción. Hay en la garganta de Stipe el mismo misterio que el que sus compañeros aplican a sus instrumentos y, además, la cualidad de tocar la fibra. Cuando Stipe se fuerza, al oyente no le queda más remedio que estremecerse. Ocurre, por ejemplo, casi al final de Murmur, en Shaking Through, allá por el minuto 2:15 cuando Stipe se coloca por encima del bien y del mal con ese In my lifeeeee que, inmediatamente, estés escuchando o no, te pone la piel de gallina.

(Shaking Trough, youtube)

Y, además, junto a ellos cuatro está el sonido que consiguieron sacar Easter y Dixon: voces escondidas, ecos fantasmales, melodías claras como el agua, luces y sombras, contrastes absolutos. Las bolas de billar de Bill Berry colocadas en el fondo de We Walk. Las guitarras al revés y el riff de piano desafinado de Perfect Circle, el chelo de Talk About The Passion, el zumbido futurista y artesano con el que comienza Radio Free Europe. Lo digo una vez más: inexplicable y, según Dixon, hasta perjudicial para los productores:

Lo interpretaron como algo accidental (...) Como no nos conocían y éramos sureños, pensaron que obviamente éramos tontos y que nos había salido así por casualidad.

Podría pasarme horas y horas hablando de Murmur. De hecho, podéis ver un seguimiento canción por canción aquí. Lo digo cada vez que me toca hablar de este disco: La primera que escuché el debut de los de Athens me impresionó, dejó huella, pero no lo entendí y ni siquiera puedo decir que me marcara más que otros disco de mi adolescencia. Quedaban demasiados vacíos, demasiadas líneas por rellenar. Sí, me quede enganchado, pero me ha costado mucho saber por qué. Ése es su misterio: que muchos seguimos preguntándonos cómo es posible un disco así, seguimos escrutando, en busca de la piedra filosofal que nos explique Murmur. Como dirían en Spinal Tap, este disco llega al 11.

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