La historia del día anterior se repitió más o menos en la jornada del viernes del Crossroad Festival. Era víspera de fiesta y la excusa de que había que trabajar al día siguiente ya no valía, por eso que hubiera unos pocos más asistentes, no muchos más que la noche del jueves, confirman el ridículo que el público asturiano ha hecho no asistiendo a la explanada del parking del estadio Carlos Tartiere.
La jornada comenzo con The Slaptones, la banda de las hermanas Bondeson, que desde Estocolmo volaron a Oviedo para ofrecer la primera sorpresa de la noche. Muy poco conocidas, a pesar de tener dos álbumes en su haber, el trío ya se ha ganado una reputación dentro del circuito rockabilly.
Y en el Crossroad The Slaptones se consagraron como una gran banda que vive no sólo del revival sino que es capaz de pasar por un filtro personal ese rock & roll añejo. La juventud de sus componentes, Sunniva, Greta y Stella, no pareció ser obstáculo para que facturaran un concierto tan soprendente como soberbio que cerraron con la clásica Please don’t touch.
Los Coronas, con Fernando Pardo y David Krahe al frente, y con la presencia por primera vez en Asturias de Óscar Ybarra, trompeta y congas, dieron una nueva lección de rock & roll instrumental. La banda madrileña preparó un repertorio basado en su recopilatorio Surfin Tenochtitlan para lucimiento de todos sus miembros, demostrando una vez más que es la mejor banda en ese estilo de toda Europa. Dos ejemplos de esto serían la sutil versión que hicieron de Radioactivity, de Kraftwerk, o el espectacular número del final con los guitarristas compartiendo manos, mástiles y riffs.
Joe Bataan fue la decepción de la velada. El neoyorkino pareció ser un convidado de piedra con su propuesta de soul latino en un festival en el que el rock & roll con todas sus variantes es el protagonista absoluto. A pesar de que traía un banda realmente convincente, el músico neoyorkino apenas si llegó a enganchar con un concierto en el que se dejó llevar más por los derroteros más convencionales de la música latina que por los sones del boogaloo.
Menos más que luego llegaron The Tommys para al menos alegrar la vista a un público que ya empezaba a sufrir el cansancio de la noche. A la banda británica se le agradeció su derroche instrumental y su arrojo escénico, además de la presencia de una cantante, Cara Lee, que se comió el escenario con su magnetismo, movimientos y, cómo no, belleza.
Freakshow, Fresh meat, Gagged bound y una noqueante versión de I wanna be your dog, de los Stooges, fueron suficientes para comprobar que el punk-rock que que hace el cuarteto tiene referentes en The Donnas o en Hole.
Ya entrada la madrugada, The Georgia Satellites hicieron su aparición en el escenario con Rick Richards y Rick Price al frente para darnos una lección magistral de rock & roll al estilo sureño. La banda de Atlanta, sin el carismático Dan Baird ya en sus filas, sustentó su actuación en material clásico y versiones atemporales de la historia del rock & roll, la mayoría procedentes de su álbum de regreso, Shaken not stirred.
Y a Sator no le quedó otra que cerrar la jornada del viernes a una hora intempestiva con la policía protestando por el ruido. Los suecos, padres putativos de un montón de bandas consagradas como Hellacopters o Gluecifer, lidiaron con un público que realmente les esperaba y no le defraudaron con un sobredosis de punk & roll.