
Continuamos nuestro recorrido por la carrera de Manta Ray. En la parte central nos centramos en tres años consecutivos con disco, en los que el grupo explora nuevas aventuras, pero no se atreve a dar el paso definitivo.
Es también el momento en el que Nacho Vegas decide lanzar su carrera en solitario, después de un par de discos al margen del grupo con Diariu.
Y, por último, es ahora cuando a Manta Ray comienzan a aparecerles detractores, justo en el momento en el que el mal llamado tontipop indie saca pecho frente al post-rock.
Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran (1998)
En su momento, Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran fue un mazazo. Sonaba tremendamente frío, como si el grupo se hubiese ido a explorar una cueva musical y se hubiese perdido en ella, sin lograr que nadie los rescatase. No es que fuera un mal disco, pero cortaba de raíz las muchas promesas realizadas en el debut.
¿Qué daba a cambio? En aquel momento, parecía que bien poco. No había canciones de las que uno se enamorase, como sí las tenía, y a puñados, el primer disco de la banda. Todo parecía demasiado cerebral, progresivo al estilo de Robert Fripp. En cierto modo, Pequeñas Puertas es el disco psicodélico de Manta Ray: abundan los instrumentos raros, los arreglos inesperados, las canciones que buscan ser orgánicas en vez de ser temas cerrados.
Sin embargo, Pequeñas Puertas suena a medio cocer. De hecho, la propia evolución de estas canciones en directo demuestra que no se grabaron cuando mejor estaban. Por ejemplo, Manta Ray han tocado en vivo OF King de mil maneras diferentes y todas son mejores que la toma en estudio. Ejemplo dos: Wide-O Blues (Imeem) en disco estaba bien, pero sobre un escenario te avasallaba, te destrozaba, te cambiaba cualquier idea preconcebida sobre el grupo. Que se los digan a los que vieron al grupo en el escenario grande de Benicassim 98.
Lo he pensado muchas veces y no logró encontrar la razón de qué falló en la grabación de Pequeñas Puertas… Posiblemente fue una mezcla de todo. Desde luego, hizo flaco favor el que fuera el propio quien se hiciese cargo de la producción. El sonido, en vez de resultar brillante, es opaco. Y eso que hablamos de un disco donde los detalles son esenciales, donde los teclados cobran especial protagonismo, donde el theremin y el moog son los dioses de la grabación (a veces en exceso), donde hasta hay sampleados de Maria Callas.
No sé cómo lo hicieron, pero Manta Ray se cargaron varias de sus canciones fundamentales. Por ejemplo, la magnífica Sad Eyed Evil (Imeem), que triunfaba en directo y que en disco suena apagada, muerta, sobreactuada y sin pasión. Y, repito, en vivo era todo lo contrario: era la canción fundamental de la banda en aquellos años.
Tampoco me convence el uso de la voz de Rubio, que, en los tres años que han pasado desde su debut, parece haber perdido por el camino toda la convicción anterior. Repito: creo que es un error de la producción. Las guitarras no acaban de explotar cuando lo necesitan, la base de ritmos encaja pero no sorprende (y eso es algo donde Manta Ray siempre han brillado).
Claro que hoy, cuando el grupo ya se ha separado y todos sabemos los derroteros por los que ha ido la carrera de Manta Ray, es mucho más fácil de asumir que Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran no era un mal disco. Pero tampoco lo que esperábamos ni uno que estuviese a la altura de los conciertos. Lástima también que las aportaciones de Come (Thalia Zedek y Chris Brokaw) pasasen prácticamente inadvertidas. Y una pena también que los de Gijón optaran por despojarse de parte de su alma para entregarse a su cerebro. En cualquier caso, lo peor es que gran parte de la segunda mitad del disco aburre.
Score (1999)
Otra cumbre en su carrera, Score recoge la grabación del concierto especial que el grupo dio en el Teatro Jovellanos de Gijón con motivo de su siempre interesante Festival de Cine. Primero distribuido junto a la revista Rockdelux y más tarde completado con un dvd que recoge las imágenes de aquel momento, aquí Manta Ray demuestran su solidez como grupo de directo. Score también sirve para comprender lo inconformistas de quienes han formado Manta Ray todos estos años. Pese a lo espectacular de la grabación, la banda no quedó satisfecha con su sonido.
En principio, la idea era que la banda tomase algunas bandas sonoras y las remodelase a su gusto y las incluyeran junto a algunas de las canciones de su aún corta discografía. En los ocho temas que dura la versión en cd, Manta Ray demuestran por qué Pequeñas Puertas no acabo de funcionar: cuando uno es bueno y tiene grandes canciones entre sus manos, acaba por demostrar su valía, pero en el disco anterior faltaban eso, canciones.
Un ejemplo: La abrasiva toma de Wide-o Blues deja en pañales a la versión del disco anterior (tremenda la orquesta siendo martirizada por el ruido punzante de la banda asturiana) y no es la única que se beneficia de su nuevo aspecto.
De hecho, las cuatro canciones propias revisadas en Score mejoran. Los diez minutos de Tin Pan Alley, pintados con precisión quirúrgica pero sin robarnos la emoción, demuestran que la banda puede dar un giro progresivo sin que les pierda su intelectualidad. Adamo se une a la partitura compuesta por Howard Shore para Crash y casi lograr retratar el cerebro de JG Ballard (Imeem). Y del Pequeñas Puertas ralentizan OF King, dándole un aire robótico que la canción no volverá a tener, ya que en posteriores giras Manta Ray optaron por imprimirle velocidad.
El grupo no brilla tanto con los temas ajenos. La anécdota es Everybody´s Talking, releída con tanto respeto que resulta extraña en el contexto. En aquella época otros que la tocaban eran Luna y, sinceramente, a los neoyorquinos les sentaba mejor. Por contra, el tema central de El Padrino (Imeem) no sufre en exceso en las manos de Manta Ray, a pesar de que tampoco se atrevan a llevárselo del todo a su terreno.
La falta de riesgo de determinados momentos, impropia en ellos, puede achacarse a cierta celeridad a la hora de preparar el espectáculo. Pero no resta ni un ápice de valor al experimento. De hecho, aún puntúa entre lo más alto de su carrera.
Esperanza (2000)
La propia banda reconoció ante el imprescindible Feedbackzine que en Pequeñas Puertas habían cometido un error:
Creo que nos equivocamos en parte al hacer “Pequeñas Puertas” nosotros solos. Pero la verdad es que en aquel momento nos apetecía, queríamos sólo la ayuda del técnico para transmitir nuestras ideas. Pero después pensamos que podíamos hacer lo mismo, pero confiando mucho en alguien del que conociésemos su trabajo.
En Esperanza se ponen en las manos de Kaki Arkarazo, ex Negu Gorriak, y éste comprende lo que los asturianos quieren llevar a cabo. El disco suena magnífico, y recalco lo de “suena”: contundente cuando debe serlo, frágil cuando ésa es su intención, alemán cuando lo necesita, épico en los escasos momentos en los que la banda lo desea.
Sí, Esperanza suena magnífico, pero hoy yo no creo que sea un disco magnífico. Al contrario de lo que me ocurre con Pequeñas Puertas, la sensación de grandeza con la que lo recibí en el momento de su lanzamiento ha ido disipándose. Ahora no me parece una mala obra, pero sí la más ligada a su tiempo y, por tanto, la menos atemporal. Además, es curioso que las canciones que más aprecio ahora sean las que menos me gustaron cuando lo oí por primera vez, con la grandísima excepción de Cartografies, una de las cumbres de la carrera de Manta Ray.
En Esperanza, Manta Ray aún no son lo suficientemente valientes apra dar el paso definitivo. Se quedan a medio camino entre la época anterior y la posterior, en una extraña indecisión entre Shellac y Tortoise. Extirpada casi del todo la raíz más pasional (la que les emparentaba con Afghan Whigs), Manta Ray aún no saben si ser matemáticos (como en Rita) o explosivos (como en No me dicen nada – Imeem -).
Por primera vez en un disco largo, Manta Ray abandonan el inglés, para cantar en castellano o incluso en bable. Es también otra semilla de lo que se está gestando, al igual que el ambiente tenso, a cara de perro, de varias canciones del disco.
En cualquier caso, y aunque el día respecto a este disco te salga tonto (como a mí hoy), hay algo innegable: la maravillosa suite en tres partes que es Cartografíes (Imeem), con Monica Vacas (Mus) poniendo una atípica sensibilidad femenina a la obra de Manta Ray. Los once minutos de esta canción con tres bloques diferenciados desembocan en un torbellino de emociones que siguen poniendo la piel de gallina.
En una magnífica reseña publicada en Ruta 66, en febrero de 2000, Ignacio Juliá quitaba así razones a la principal crítica contra el grupo por aquel entonces:
Se les podrá acusar de pretenciosos o melodramáticos, de perseguir una poética que a veces confunde lo emocional con lo trascendente; (...) nada escuece más entre los dictadores de la moda que esa inesperada inteligencia sobresaliendo sobre la media y abarcando con éxito territorios desconocidos.No hay soberbia ni vanidad en su actitud, sólo ansia de conocimiento y la encomiable intención de romper fronteras, estéticas y geográficas. Con una grabación tan sobresaliente como «Esperanza» entre las manos, una obra que nunca cae en lo decorativo, que nunca está por debajo de su reputación, yo acusaría al resto de la escena estatal precisamente de lo contrario, de flagrante ausencia de ambición, de contentarse con la copia de cuarta generación, con los tópicos recalentados.
Pues sí, aunque lo mejor vendría después. En Esperanza, Manta Ray parecían dispuestos a naufragar sólo para rescatarse a sí mismos.
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