Jason Pierce hace tiempo que se metió en un bucle del que no sabe salir. Como dice en clave irónica Loveof74, tiene un don: cada día se levanta y lo haga como lo haga, siempre le sale un aria a Dios, la purificación, las drogas, el alma y el fuego.
Son ya unos cuantos discos mezclando drogas y religión, pero también confiando en que los arreglos de cuerda y viento le ayuden a llevar a buen puerto su nueva manera de entender el gospel.
En él y en sus discos, ya casi no queda espacio para los drones ni para la electricidad hipnótica que usó en Spacemen 3 y de la que también hizo gala en sus primeros discos como Spiritualized. Ya casi no queda nada y eso que su anterior disco parecía haber recuperado en algo ese torrente de furia. Ahora, la calma es, de nuevo, mayor. Pero uno no puede evitar la sensación de que a Jason le vendría bien un cambio.
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