
Hay mil cosas que decir ante el maestro Paco de Lucía. Ayer el guitarrista algecireño en los Veranos de la Villa 2010 de Madrid volvió a repetir de blanco y negro. Camisa blanca, chaleco negro, pantalón a juego y unos botines propios de alguien de su porte. El vestuario que suele lucir en los conciertos. Un uniforme para lograr el respeto que se merece la guitarra flamenca que durante más de dos horas convirtió en puro arte.
Semblante rígido, postura casi inmóvil, una pierna en el aíre apoyada sobre la otra o bien apoyada en el suelo o en una de las patas de la silla de mimbre en la cual estaba sentado. Sus manos y brazos eran los que se movían y hacían creer que el mastil de la guitarra dejaba de tener 19 trastes para duplicarlos o tripicarlos. Sobre el escenario: magia.
