
Todavía tengo en mi habitación de estudiante universitario en piso de alquiler (junto a todo lo demás que debe tener: pelusas, la cama sin hacer, desorden…) un póster de la primera gira en solitario de Iván Ferreiro, presentando Canciones para el tiempo y la distancia, hace 6 años. Desde entonces, lo he visto con su gira de Las siete y media, y desde entonces, paulatinamente su concepción cada vez más barroca y críptica del pop me fue resultando un plato de digestión más pesada, sobre todo con el fallido Picnic Extraterrestre.
Paralelamente a la mayor complejidad en las estructuras de sus canciones, se sumó una teatralidad interpretativa que siempre he encontrado exagerada (aunque acorde a dichos temas) y que desvirtúa, a mi entender, las virtudes más destacadas de Iván: su capacidad comunicativa en las canciones más sencillas, la fuerza que consigue arrancar con su particular timbre de canciones en progresivo crescendo, y esa hiperactividad curiosa que lo caracteriza (su amor por la ciencia ficción, la locuacidad y espontaneidad en los conciertos y en el trato).

