El problema de Blood On The Wall no es que sean unos revivalistas de tomo y lomo de lo mejor del indierock de principios de los 90. Ni que anden absolutamente pirados por las canciones más duras de los Sonic Youth en su época Dirty (o sea, de los más fácilmente aprensibles). Su problema es que a veces parece que le prestan más atención al sonido que a la canción en sí misma. Por lo menos, en su último disco así lo parece.
Porque, a ver, no es fácil repetir lo que hicieron en Awesomer. Y no porque aquel fuera un disco mágico, o uno rompedor. Nada de eso: lo difícil era vovler a dar con una colección de canciones tan adictiva. Todo lo que nos contaban, ya lo sabíamos, pero sonaba a gloria. Por contra, Liferz no tiene ninguna canción golriosa, salvo la ya conocida Hibernation. Desde luego, no tiene nada como aquella Reunited on Ice, que me sigue dejando sin aliento y electrizado de la cabeza a los pies cada vez que la escucho.

Hay algo que me molesta más que los discos malos: los que están repletos de clichés. Los que no pueden saltar por encimas de patrones conocidos para poner algo propio. Tampoco es que pida que todos sean lo más, pero sí al menos que consigan hacerme creer, mientras los escucho, que no sólo repiten, sino que me hacen sentir emociones nuevas.
