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Chris Walla

Ra Ra Riot - The Orchard: agradable, pero sin el gancho del debut

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Ra Ra Riot The Orchard

Una de las grandes preocupaciones de las madres son las compañías con las que andan sus hijos. Pues en el caso de Ra Ra Riot, ese amigo al que parece que la madre (la crítica, vamos) quiere más que a su propio retoño, puede ser una fuente de frustración, especialmente en la comparación. Porque ese amigo (del trabajo de miembros de ambos grupos salió Discovery, el disco de LP) es uno de los grupos pop en los que tenemos más esperanzas depositadas: Vampire Weekend. Y parece que el magnífico Contra ha eclipsado a este The Orchard.

El disco comienza en una cálida acogida de violín y cello que sostiene y arropa la delicada voz de Wes Miles, con una confesional ‘The Orchard’, y sorprende la introspección tan marcada para abrir un disco que supone la continuación al vibrante, pizpireto (sí, esta palabra también se puede emplear aquí) y jubiloso The Rhumb line.

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Especial Death Cab for Cutie – Narrow Stairs

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Todo cambio tiene su riesgo, y Death Cab For Cutie, tras publicar Transatlanticism (2003, Barsuk Records), dieron el suyo para bien y para mal. En el lado positivo: la banda tenía más potencia con un sello tan grande como es Atlantic, mayor presupuesto, mayor medios a su alcance para grabar otro disco. En el lado negativo: Atlantic no deja de ser una multinacional que compra los derechos de un grupo independiente que había superado notablemente su público desde sus inicios.

La multinacional traía consigo la típica idea de que todo se apagaría tras firmar con ellos, adiós al talento de Ben Gibbard y sus canciones, pero Plans (2005, Atlantic) demostró que el miedo no podía con ellos; aunque ya empezaban a dar muestras de alguna que otra cadencia en el sonido y en la innovación. Pesaba Transatlanticism, era un disco que tenía todos los vises de ser su obra perfecta y ahora, sigue pesando ese álbum.

Narrow Stairs es la obra en que Ben Gibbard no parece tal, es un buen disco, nada desdeñable, pero no es un disco a la altura de recordar o que pase a formar parte de los clásicos del 2008. Death Cab For Cutie se muestran bien, con un sonido de nuevo impecable (la labor de Chris Walla es imprescindible en el resultado final), con un compendio que hace de su pop una buena carta de cómo hacer la música, pero le falta lo más importante: no transmite el mismo sentimiento que transmitían antes.

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Especial Death Cab For Cutie - Transatlanticism

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Este es el álbum por el cual Death Cab For Cutie es una de mis debilidades. Transatlanticism (2006, Barsuk Records) es, junto al primero, Something About Airplanes (1999, Sonic Boom), la joya de la corona de los estadounidenses. A partir de este álbum, Ben Gibbard parece estar más perdido que de costumbre, sin encontrar el gran sonido que les caracterizó en sus inicios y con el que se dejaron ver al lado del indie (el de mayúsculas) dentro de la escena con calidad, incluso que les valió el calificativo de ‘Adult alternative’, un calificativo creado para vender en un target de adultos.

Transatlanticismn es la evolución que la banda apuntaba con sus dos anteriores trabajos. Es un álbum que tiene a las espaldas seis años de carrera, y por tanto, seis años de maduración como conjunto; Chris Walla asentándose como un productor cada vez mejor y con la seguridad que tiene el grupo cuando ya cuenta con dos discos en el mercado, un público más o menos extenso y las ovaciones de la crítica.

Era el momento para lanzar el arma derretida (no por falta de efectividad, sino por la calidez de ésta) y dar un paso más en el sonido. El lo-fi quedaba atrás, seguía influyendo a la banda (aún hoy lo hace), pero son los arreglos barrocos, la música ornamentada y el compendio de melodía, voz y letra, la que Death Cab For Cutie encuentran aquí. Su Revolver particular, salvando todas las distancias insalvables.

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Especial Death Cab for Cutie - Something About Airplanes

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dcfcutie

Con este álbum comenzamos a revisionar la carrera del grupo estadounidense Death Cab For Cutie, carrera que les ha supuesto un éxito tanto de crítica como de público, con seis largos en el mercado, comenzando con Something About Airplanes (1998, Sonic Boom); y lanzando su último trabajo este año, bajo el título Narrow Stairs (2008, Atlantic), el cual ha provocado que echemos la vista atrás y veamos quiénes eran esos chicos tímidos que en 1997 empezaban a sonar bajo el pseudónimo Death Cab For Cutie.

Ben Gibbard es el nombre al que hay que referirse para sentar las bases de DCFC (las siglas del grupo). El músico de Bremerton, Washington, es uno de los nombres claves a la hora de hablar de indie (con mayúsculas y el verdadero) en la década de los noventa en adelante. Suyo es el logro de comenzar dicho proyecto, pero también suya es la creación, junto a Jimmy Tamborello, de otro proyecto impecable como es The Postal Service.

Es multiinstrumentista, lo mismo toca la guitarra, como el piano, el bajo y la batería, no tiene miedo a nada; siempre y cuando se le deje añadir su peculiar voz, nada del otro mundo, pero que ha sabido modular para adaptar a las necesidades de un sonido que tampoco necesita más, un sonido, que si se ve detenidamente, es tranquilo, pausado y sin ningún alarde de genialidad en la parte melódica. El sonido que Death Cab For Cutie han llegado a conseguir, por el cual se les reconoce y se les admira, es un sonido basado en un rock diferente, cuando el lo-fi tenía tirón y cuando parecía haber sentimiento a la hora de hacer canciones bajo este prisma.

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Chris Walla - Field Manual

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Chris Walla - Field MusicEl disco de Chris Walla, componente de Death Cab For Cutie, es de ésos que definen bien el concepto de mediocridad. De un tiempo a esta parte, el indie medio norteamericano se ha ido acercando a un sonido cada vez más estandarizado, con menos bordes, más redondo… Más cómodo, en definitiva.

Eso no siempre ha ido mal. Los propios Death Cab For Cutie son el ejemplo: han sabido hacer de esa búsqueda de un lugar musical más confortable un motor para llevar sus canciones a Primera división. Cuando aprecía que se iban a quedar sólo en un buen grupo de segunda fila (es decir, cuando editaron We Have The Facts…), ellos se empeñaron en dar el salto de categoría y, a la vez que limaban su rock arquetípico, su ambientes se volvieron más oscuros y menos confortables. Es decir, las canciones eran más radiofórmula, pero lo que allí contaban no.

Chris Walla, no obstante, parece ser de los que aún mantienen muchos puntos en común con el sonido de sus primeros discos. Y así en esta obra en solitario ha decidido sacar del baúl de os recuerdos a unos Sugar del monton (The Score) o a unos DCFC sonando tan falsos como el Sting en solitario (A Bird Is a Song). No, no bromeo, entre esos extremos se mueve Walla y no precisamente con soltura.

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