Lo más parecido a un concierto de los Ramones que te puedes encontrar hoy en día es un concierto de The Cult. Por supuesto que no tienen nada que ver, pero ambas bandas ejemplarizan esa comunión entre el artista y su público que, aunque debería ser imprescindible en todos los conciertos, muy pocas veces experimentamos de tal manera. Nunca he sudado tanto como con estas dos grupos en directo y hacía muchísimo tiempo que no veía a todo el público tan volcado como el que llenaba la sala RockStar de Barakaldo el pasado viernes.
Pero lo malo de haber presenciado demasiados bolos, de ver al mismo grupo varias veces, es que te vuelves ridículamente exigente, en busca de ese concierto perfecto que no existe. Irremediablemente caes en las comparaciones y en la pedante frase de “la otra vez que les vi estuvieron mejor“, fastidiándolo todo como cuando estás completamente impresionado ante las Cataratas del Niágara y el listo de turno tiene que soltar que las Victoria le dan mil vueltas. ¿Y qué?
