Noche muy rara la que programaron ayer en Oviedo. Compartían cartel los niñatos de Jaula de Grillos, unos El Canto del Loco incipientes de esos que dan saltitos como los que daban en su momento Green Day, ¿os acordáis?, y un cancionero pasto de radiofórmulas preparado especialmente para adolescentes histéricas, con La Negra y Pastora, uno de los grupos españoles favoritos de mi compañera Kaoru.
Abrieron los primeros y cerró La Negra, que hacía poco más de un mes actuó en Gijón en un local para el que entrar a verla obligaba el desembolso de treinta eurazos. Y entre medias Pastora, un grupo al que hasta ahora apenas si le había prestado atención y del que a partir de ahora seguiré sus pasos.
Le preguntaban hace poco a Pau Riba, padre de Caïm y Pauet, dos de los miembros de Pastora, que qué le parecía el grupo de sus hijos. El autor de Dioptría, una de las obras claves del rock catalán de la década de los setenta, venía a decir sin cortarse ni un pelo que le parecía que les faltaba garra y compromiso.


Pastora me encandiló con su primer disco, las letras de Dolo pusieron banda sonora a muchos de los momentos que viví en aquella época y han seguido acompañándome hasta el día de hoy. Rescaté Lunes y Tengo de aquel debut homónimo, me quedé algo desolada con el segundo álbum, me emocioné con Cuánta vida y me quedé expectante cuando escuché Grandes Despedidas.