No llevo muy bien lo de que los conciertos terminen cuando la cosa está empezando a calentarse. Y eso fue lo que pasó en el concierto de Dorian ayer en Oviedo, cuarenta y cinco minutos más un bis es un balance bastante rácano para lo que estamos acostumbrados. Y menos que menos mal que hasta incluso la intro discotequera mereció la pena.
Los de Barcelona no llenaron la sala Tribeca pero sí hubo la suficiente gente que pasó por taquilla para que los organizadores no perdieran dinero, algo que muchas veces sucede y provoca que los promotores privados dejen de organizar actuaciones, porque al menos aquí las pocas salas que hay no programan. Buen ambiente por tanto y Dorian, en su primera visita a Oviedo y creo que a la región, se sintieron arropados casi como en casa, algo que Marc Gili, bastante pijo con su polo Fred Perry, se encargó de repetir en varias ocasiones.
Comenzó floja la cosa, con Más problemas, primer tema de su segundo disco, El futuro no es de nadie, en el que vimos a un grupo de pop del montón, una sensación que enseguida se enmendó con La noche espiral y su estribillo arrebatador. Se esperaba algún tema nuevo de los que irán en su próximo álbum que precisamente están terminando de grabar, pero a la postre no cayó ninguno.
