No me cabe duda ninguna que Pitingo es un cantaor con facultades, jondura y dominio del compás suficientes para triunfar pero en Soulería, su segundo álbum, ha hecho gala de una pretenciosidad y nos ha ofrecido un caldo de músicas que resulta difícil de digerir y del que creo que ha salido escaldado
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El viernes Pitingo ofreció un recital en el escenario de la Playa de Poniente de Gijón y esas sospechas se me hicieron más que evidentes. Acompañado de Juan Carmona, ex Ketama, a la guitarra flamenca, y un elenco de catorce músicos y coristas, nos ofreció el espectáculo de su nuevo disco, donde el cantaor ejerció más de cantante y se ganó al númeroso público, gitano y payo, que se acercó hasta ese enclave de la ciudad.
Su fusión de pop, gospel, flamenco y soul quedó en un alarde de atrevimiento, una pastiche que ni es una cosa ni la otra, y que a los buenos aficionados al flamenco nos dejó bastante desencantados. Si en el disco no sale airoso, en directo esperaba que no fuera tanto pero estaba en un error, el encanto se quedó simplemente en el físico de este joven gitano onubense que portó un pelo con cresta y ropa metrosexual y en poco más.

De acuerdo que Pitingo es un cantaor con rajo, jondura, dominio del compás y facultades como para triunfar pero en Soulería la cosa se le ha ido de las manos. Con la ayuda del guitarrita Juan Carmona (Ketama), apodado El Camborio y a quien se le menta en De Ayamonte a Mississippi, primer tema del disco bautizado como soulería, se ha metido en un berenjenal del que podríamos decir que no sale demasiado bien parado.