
Para algunos, el debut de Grinderman supuso un interesante reverdecimiento de la cara más salvaje y provocadora de Nick Cave; para otros, más críticos con el australiano, fue un simple amago de intentar sonar joven otra vez a sus cincuenta años, como el que se lía con una veinteañera o se compra un deportivo. Yo me apunto al club de los primeros, y en su momento no dudé en calificar el debut de este proyecto paralelo como uno de los mejores lanzamientos de 2007.
Tres años después, la banda encabezada por este adicto al trabajo australiano regresa con Grinderman 2, un título poco original pero que dice mucho sobre sus intenciones: nada de ponerse a inventar o experimentar a estas alturas, a ellos les gustó cómo les fue con el primer disco y aquí van a seguir exactamente por donde lo dejaron. Eso implica un nuevo surtidor de rock seco, de guitarras que suenan como cuchillas oxidadas en nuestros oídos y golpes de bajo que van directos a la boca del estómago. Dejad los inventos para otros, que estos cuatro sólo quieren juntarse y tocar lo que les venga al calor del whisky.


