Oh my baby, oh my baby, oh why?, oh why?
¿Alguien lo reconoce? Pues es esa canción en la que Blur trataban de hacer gospel y que deberían haber cortado al segundo minuto, en vez de haberla dejado alargarse ad nauseam. Jason Pierce lleva en un bucle parecido desde hace ya demasiados años. Once, para ser exactos. Desde que le partieron el corazón y la música tomó forma de drogas medicinales. Porque ya sabemos que, con él, las drogas tenían forma de drogas lúdicas desde que Spacemen 3 hacían música para tomar drogas para hacer música para tomar drogas para hacer…
Y diréis: ya se podía buscar un sinónimo de la dichosa palabrita y no poner drogas veinte veces en un mismo párrafo. Pues no, no lo voy a hacer hasta que Jason salga también de esa empanada mental que le dura ya más de lo necesario y que le obliga dedicar discos y discos a las plegarias a un dios del que quiere que contemple su alma ardiente. Hala. Tal que así, con esta frase que yo acabo de decir, Jason se hace 50 discos más. Soul. Heart. Fire. Love.
Problema número uno con Spiritualized: todas sus canciones parecen ahora trucos baratos por culpa del desgaste al que Jason las ha sometido. Desde 1997, lo suyo ha sido una búsqueda de lo que hizo tan especial a Ladies & Gentlemen, We Are Floating In Space, pero en vez de llegar al núcleo del asunto, buscando solo en la epidermis.


