
Kaputt, el noveno álbum en solitario de Destroyer (alter ego del músico canadiense Dan Bejar) no es ningún sacrilegio ni guilty pleasure, por mucho que recuerde a estilos que, desde la distancia, ahora consideramos viejunos. Lo digo ya a estas alturas, para que nadie al escuchar algún saxo piense, por defecto, en Kenny G. O al percibir cadencias de disco-funk piense en Prince. O que la new wave le traslade otra vez a los 80 para pensar en Roxy Music. Quizá todos ellos géneros volátiles y diametralmente opuestos a lo que hoy asociamos como “cool”. Este soft rock no es un homenaje a Brian Ferry; es simplemente un vehículo cargado de elegancia para unas composiciones que fluyen libremente, como el vino en una agradable velada.
Porque esto tiene mucho de tópico, de escena romántica de película de Hollywood que corta el plano cuando bajo las sábanas están, por ejemplo, Kim Basinger y Mickey Rourke. Se trata más de crear ambiente, de ser un sugerente hilo musical y de evocar texturas agradables, y si para ello hay que inspirarse en ese pop pleno de sintetizadores, teclados y retales de jazz, se hace, pero siempre manteniendo la sutileza, la sobriedad y el ritmo adecuado para que, sin darte cuenta, estés atrapado bailando entre espirales de melodías que se aflojan la corbata del cuello de su camisa y discurren liberadas de nudos y ataduras, resultando magnéticas y adictivas, accesibles y delicadas, armónicas y efectivas.
