
Si partimos de la base de que Hospice era, tanto musical, como lírica, como conceptualmente, una aproximación bastante certera tanto al concepto de obra maestra como de “ese pequeño disco que el boca a oreja convierte en fenómeno y no sabemos hasta dónde nos ha llevado el hype”, y asumimos que la transición de grupo de culto a centro de atención indie no siempre es una travesía agradable para los grupos que emprenden ese viaje, está claro que las dificultades que el proyecto de Peter Silberman, The Antlers, tenían la suficiente magnitud como para meditar el paso con sumo cuidado y minunciosidad.
Conseguir una obra tan delicada, emocional y dramática como su anterior disco (sobre las vivencias, emociones y pensamientos que ocasiona el padecimiento de un cáncer por un ser cercano), además de difícil, supondría recrearse en la vulnerabilidad y repetir un registro que, inconscientemente, nos llevaría a no tomárnoslos tan en serio (porque sonaría insincero o artificioso, ¿o es que tienen tan mala suerte que todo lo negativo sólo le ocurre a ellos?). Por tanto, inteligentemente, en esta ocasión, sin abandonar la épica y la sensibilidad, dirigen sus acciones a cultivar una sensibilidad ligeramente más optimista, robusta y sinuosa por momentos, que supone una demostración de su talento para elaborar atmósferas y texturas sugerentes e intensas, tan orgánicas como delicadas.

