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Abbas Kiarostami y la metaficción en ‘Primer plano’

El cineasta iraní contempló cómo el cine se introduce en las vidas de la gente en varias ocasiones, todo a raíz de un caso real

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Pedro Gallego
May 23, 2026
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(Este artículo está dedicado a Pedro que para algo lo solicitó)


Un verdadero artista es alguien que está cerca de la gente y dispuesto a ir al cine con ellos.

El cine tiene su origen en intentar capturar en movimiento la realidad, haciendo casi que su génesis esté ligado a lo documental. Pero el cine documental como tal, más allá de recopilaciones de recuerdos, viajes o piezas periodísticas, comienza realmente casi en el mismo punto donde la ficción empieza a infectar la realidad, y empieza a forjarse la metaficción. Ambos tienen origen en el mismo hombre, Robert J. Flaherty, que empieza a trastear con el formato desde la aproximación artística romántica.

En 1922 rueda Nanook, el esquimal, donde registra las vidas de estas tribus en Canadá, pidiendo a los habitantes que recreen los actos tradicionales que habrían realizado sus antepasados un siglo antes. Realiza, eso sí, una intervención directa impidiendo que maten a una morsa con una escopeta, empleando en su lugar un arpón. Flaherty va un poco más lejos en 1926 con Moana (no esa), escenificando con los locales los rituales de paso a la adultez y hasta haciendo que uno de los jóvenes pasase por dicho rito a base de tatuajes que pretendían simular los tradicionales. Por hacerle realizar ese paso, el director y la producción compensaron al joven y empiezan a tambalear los límites éticos de la metaficción.


Desde el punto de vista legal, puede que sea un cargo aceptable, pero desde el punto de vista moral no lo es.

La metaficción no requería necesariamente del factor documental para existir, y el cine de autor realizó el acto de exhumación necesario para darle una nueva trascendencia. Fellini y Bergman jugaron con esa autoreflexión de cara a una audiencia a la que ya tenían comiendo de la mano, y luego llegaron los traviesos de la Nouvelle Vague para inyectarle esteroides.

Fue tan ferviente la cosa a finales de los sesenta que Orson Welles no pudo resistirse a probar con esos límites de la ilusión y la realidad con Fraude. Pero antes de él también hubieron muchos intentos de que el documental y la ficción estuviesen pisándose los pies cruzando las líneas que los separan, con Agnés Varda siendo ejemplo paradigmático.

Con el paso del tiempo lo meta se ha vuelto a menudo excusa para meter humor cómplice con el espectador entrenado ya con cierto cinismo alrededor de los clichés que ve en películas, proliferando cada vez más en la actualidad conforme se vuelve más imposible esconder el artificio. Muchos lo aprovechan para hacer un retrato del propio proceso de hacer películas, que ya dio para un clásico adorado en Cantando bajo la lluvia, pero acaba siendo excusa para ponerse autoindulgente, y dejando al espectador un poco asistiendo a una fiesta privada por accidente o, en el mejor de los casos, en una satisfacción tan inmediata como efímera.

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