Escribir y dirigir han sido habitualmente los trabajos que más se han señalado para poder dar la distinción autoral a un cineasta, y la gente como productores o distribuidores son meros aparatos de la industria pensados para poner la obra artística en el circuito comercial1. Pero la relación ha sido más simbiótica de lo que la teoría del autor nos indica, y en los albores del Hollywood dorado casi es más pertinente examinar a los productores de las películas como gente capaz de elaborar determinados discursos estéticos o narrativos a través de una filmografía.
A día de hoy determinadas compañías poseen todavía esa capacidad de ser tratadas a nivel autoral, desde Pixar hasta casi una distribuidora como A24 que, a través de marketing muy concreto, ha dado la impresión a muchos espectadores que son ellos quienes dirigen las películas. Es un efecto directo de producir apuestas de cineastas de voz marcada y diferente, además de fuerte influencia cinéfila, acumulándolos hasta el punto de que su colección de producciones parezca imponer sus propios códigos estéticos y narrativos. Aunque, en teoría, estén por la labor de dar alas a su gente, especialmente a piedras fundacionales de su éxito como Ari Aster.
Pero Aster no sólo ha podido desarrollarse como cineasta a través de poder dirigir y escribir con libertad y apoyo de este estudio, sino que ha aprendido de ellos también el poder de producir para seguir expresando determinados discursos y una manera de entender el cine. En los últimos años no sólo le hemos visto emerger como uno de los cineastas nuevos más destacados, sino que también su personalidad visual y sus inquietudes se han emulado por gente queriendo buscar su hueco, algo que él está contrarrestando también produciendo a cineastas con los que realmente conecta a esos niveles, en ocasiones dándoles proyectos que él no tiene tiempo para dirigir.
De ahí que haya que ir considerando también estos trabajos de producción a gente como Yorgos Lanthimos y Kristoffer Borgli como parte de una visión que emerge también claramente en sus trabajos como director. Incluso con las diferencias en el remate final, se aprecia la continuidad discursiva en cómo tratar el horror de la existencia a través de la relación con un mundo que ya no parece tener sentido y hasta está jodido, sea a un nivel literal de globalismo o en el microcosmos que supone una relación cercana. También se aprecia continuismo en el carácter provocador a la hora de tratarlo, poniendo el foco en lo incómodo y en lo que no se quiere discutir además de emplear para ello muchas formas del cine de autor europeo y algo de los malabares tonales que surgen en mucho cine asiático.
Aster entró en la esfera cinéfila desde el terror, siendo un género mucho más fácil de producir y también uno en el que es fácil volcar aquello que le atemoriza y le inquieta, pero nunca quiso enmarcarse como master of horror. Algo que ha tenido rechazo de gente realmente aficionada al género, al considerarlo un petulante preocupado del discurso y tener referentes relamidos, y también ha propiciado el discurso sobre el “terror elevado” que, por suerte, tanto él como muchos de nosotros hemos logrado dejar atrás.
Además de horror, Aster se ha visto inclinado por chocar al espectador con humor que va desde lo negro al absurdo, y también ha querido coquetear con el cine de culto bizarro y con lo tradicional como el western. El impulso no viene tanto de haberse criado viendo a su adorado Ingmar Bergman sino del impacto de ver algo como Dick Tracy, tan extraña y bombástica como ocasionalmente aterradora en su maximalismo comiquero que ha decidido perseguir esas sensaciones en su cine2.
Con ellas, persigue explorar las fracturas que surgen por el trauma o la toxicidad entre las relaciones familiares o las sentimentales3, indagando casi desde una perspectiva freudiana donde lo más horrorífico viene cuando lo confortable o lo que consideramos hogar deja de repente de serlo. Esto hace interesante indagar en todo los flecos de un cineasta polémico, y desde luego no infalible, pero que es uno de los estimulantes a la hora de discutir si se opta por rascar sus superficies histriónicas.
NO
Eddington (2025)





