De todos los grupos que lo empezaron a petar con el comienzo de siglo, The Strokes eran los que tenían encaje más complicado en aquel “post-punk revival” que fue algo cajón desastre. Principalmente porque The Strokes no tenían tanto sonido post-punk, ellos siempre quisieron sonar a Nueva York. Gente como Interpol también era de Nueva York, pero estaba claro que querían sonar a Joy Division a toda costa. No ellos. Ellos ponían velas a la Velvet Underground y le rezaban a Jonathan Richman. La gente buena, vaya.
Is This It lograba ser una perfecta encapsulación de sus ambiciones, con canciones maravillosamente pulidas por los arañazos de desgaste sobre el escenario y por el furor juvenil que marca las letras de Julian Casablancas. Canciones que suenan jóvenes, incluso ahora, aunque están empezando a ver llegar el autobús de la adultez. Un autobús al que los Strokes tardaron mucho tiempo en asumir que se tenían que subir, aunque cuando lo hicieron sacaron su estupendo The New Abnormal.
El segundo disco tenía que llegar pronto. Llegaban otros grupos, y les iban a comer la tostada que les había costado cocinar en esa tostadora cromada un poco oxidada. Tenían tantas ganas que no tuvieron paciencia con Neil Godrich. Querían ir un poco más allá, pero al final se encontraron más cómodos manteniendo lo que funcionaba. Esa tensión no lastró Room of Fire, de hecho con el tiempo lo hizo tan interesante o más que su estreno.




