Tier List 3 de marzo: Lou Reed vestido de blanco
Los discos de la semana, ordenados en cómodo ranking para que no tengas que pensar
Hi, personicas:
Nueva semana, nueva tier.
Es principio de mes, así que toca entregar disco a los ganadores. Recordad que regalamos un par de vinilos cada mes, que al precio que están hoy es como regalaros a nuestra abuela empaquetada en cristales de swarovski, sólo que con mejor gusto.
El primero de ellos es Marc GP, seguidor fiel de esta santa casa y creador años ha del “Ford Desacord”, el único coche que gasta la redacción de Hipersónica. Dice que, de momento, poquito EXCEL, pero ahí ya ha dejado a Joe, así que, por una vez, estamos de acuerdo, amic:
El segundo ganador es el terrorista del reddit y agitador emocional del discord Bimbochungo, que manda a gente sólo de aquí (haciendo honor a ser el responsable de ese cottolengo llamado r/independentspain) :
A los dos, en breve nos ponemos en contacto con vosotros para gestionar el reparto de un poco de criterio. Al resto, en cuatro semanas habrá una nueva oportunidad.
Y ahora, vamos con nuestra (muy completita y siempre de excelso, ineludible, impoluto criterio) tier:
Directo al Excel
Bill Callahan - My Days of 58
Género: força para vivir
“Y ahora mi mayor miedo no es morir, es dejar de intentarlo” canta Bill Callahan en ‘The Man I Supposed To Be’, y, como cantarían Astrud, no es una metáfora: la amenaza de la muerte marca el tono de My Days of 58. No en vano, ésta fue la primera canción que Callahan escribió para este disco. Al poco de recibir la noticia de que sufría cáncer de colón, se dio cuenta de que no es que tuviera miedo a morir: es que aún no era suficientemente buena persona como para que se acabase. Ni para él, ni para los suyos:
“I’ve been living too long in my head
Not loving you enough in our bed
From now on, I start living my life
As if the next day I’ll be dead”
De ese anhelo por continuar, por “tomarse la vida en serio, reirnos en la cara de la muerte” nace una obra monumental, hermosísima, el Bill Callahan más indispensable (el de Knock Knock, el de Apocalypse). Y tampoco podemos decir que llevase mala racha: hace mucho tiempo que no le sale un disco malo, aburrido o desechable. Pero My Days of 58 va mucho más allá: por lo que cuenta y por cómo suena.
¿Cómo suena? Repite con Matt Kinsey en la guitarra, Dustin Laurenzi en el saxofón y Jim White en la batería, como en el previo YTI⅃AƎЯ, pero no quiso ensayar apenas con ellos. Buscaba algo diferente en el estudio: a Laurenzi le dijo que escribiese los arreglos de viento en solitario, a White le dio instrucciones básicas, con Kinsey se sentó a solas. Quería llegar al estudio para poder descubrir “insospechadas fusiones musicales”. Coger lo que hubiese, echarlo a la cazuela y que de allí saliese algo, “como un estofado de vagabundos”.
My Days of 58 sale de esa cocina improvisada que fue el estudio con un sonido cercano, espontáneo, de gente tocando en el salón de tu casa, de bar en el que (¡milagro!) la gente escucha tocar en silencio. La voz profunda de Callahan suena exquisita, pero cada instrumento, incluido el silencio, tiene su espacio propio, decenas de planos y capas, a veces desembocando en jams country, otras en exquisitas exploraciones atmosféricas (’Lonely City’ son siete minutos; te lo aviso porque siempre parecen poquísimos).
Es un sonido perfecto, nada lineal, para todo lo que va a ir soltando Callahan en algunas de las mejores letras de su carrera. En ‘Empathy’, antes de que entren unos vientos desarmantes, dice:
Dad, you dropped a bomb on me
When I was thirty
You said you got by without a father, so you figured why should I have one
Okay, okay, it made me wonder though
Can you get by without a son?
Cuando a Callahan le llega el cáncer, comienza a recordar. Y echa un ojo a sus padres, ya muertos, personas emocionalmente reprimidas. Y comienza a escribir abiertamente sobre ellos para intentar entenderlos. Resulta que de un padre algo disfuncional acaba descubriendo que heredó “tanta belleza, tanta empatía”. Y en su viaje a ‘Lake Winnebago’ para enterrar a sus padres Callahan explora cómo y en qué momentos ser mejor con sus propios hijos.
En My Days of 58 un disco aún insondable: en él, la puerta de entrada la abre Lou Reed; imagínatelo vestido de blanco impoluto, diciéndote que te toca convertirte en agujero negro, estrella enana, o el alma de otro. Capaz de ponerte los niños gritando de fondo, cabronazo sardónico. También en este disco, refulgen frases como “Whatever was the original dream / This machine’s become the village guillotine” sobre los ordenadores y los smartphones. No es que Callahan sea ludita (es fácil imaginárselo en pijama, en una habitación a oscuras, en el inicio de ‘Computer’); es que sabe que, eliminando las fricciones y arrastrados a no interactuar con el mundo, sino a contemplarlo con la pasividad del doomscrolling acabaremos como en su metáfora del autotune: That’s just prepping us to be satisfied / Being sung to by something without a spirit / Until the human voice sounds so flawed and raw /That we just quit it.
Curado ya del cáncer (aunque, recuerda, uno no se cura del todo, al menos no todavía; simplemente la salida de la autopista estará algo más adelante), My Days of 58 retrata a un Callahan más humano, y humanista, que nunca. Uno que cambia y, al mismo tiempo, sigue siendo el de siempre. ‘The World Is Still’, con su aire introspectivo, la ausencia de percusión y un arreglo en bucle, retrata su noche. No la del alma, sino la real: el mundo quieto, callado, la idea de que “nada cambia ni lo hará nunca“.
¿Es realmente así, Bill? Quizás simplemente a veces necesitamos pensar que, en apariencia al menos, hay certezas en el mundo. Yo tengo una: que entro a tus discos (los mejores y los peores) y siempre salgo en paz, pero también diferente a cuando entré. Y éste es maravilloso, lo pisaré cientos de veces. Las que me deje la vida. (probertoj)





