James Holden – The Inheritors: cubismo electrónico

Primero llegó en modo trance, después se fue despojando con producciones y remixes que se alejaban del asunto, hasta llegar a un gran y prometedor debut como The Idiots Are Winning. Tras años de 'calma'

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Primero llegó en modo trance, después se fue despojando con producciones y remixes que se alejaban del asunto, hasta llegar a un gran y prometedor debut como The Idiots Are Winning. Tras años de ‘calma’ compositiva en los que tuvo problemas con el sello, se encargó de pinchar frenéticamente, lo suficientemente como para no tener tiempo de componer tranquilamente y elaborar el notable Dj Kicks, ahora ha llegado el momento. Ha sido ahora, siete años después de su debut, cuando el talentoso James Holden ha sacado la gran obra que de él se esperaba, mucho más pulida y sólida que su debut: The Inheritors, un disco fascinante.

The Inheritors, un disco inabarcable

El prodigio de Exeter ya había avisado con sus avances, y como veníamos diciendo, todo apuntaba a que no iba a ser un regreso que supiera a poco después de tanto tiempo sin noticias de él. Sí, es un disco excelente, pero quizá tampoco sorprenda, James Holden es de ese tipo de productores que hace años que rebasó la línea de ‘simples’ músicos (término que prefiere antes que el frío ‘productor’) buenos. Gracias a algunos remixes, su gusto y técnica para el DJ Kicks y los avances de este The Inheritors, auguraban que, en efecto, está entre los grandes arquitectos de la electrónica actual.

En este segundo largo, Holden ha quitado de raíz las experimentaciones de The Idiots Are Winning que entorpecían la escucha y que parecían grabaciones propias de un día de experimentación un domingo por la tarde, más que concienzudas y trabajadas piezas. Justamente lo contrario que ha hecho en este tan ansiado álbum. The Inheritors es un trabajo fascinante desde principio a final; una espiral de sonidos que se deforman, de arpegios que se expanden en el vacío; de sensaciones que se meten dentro de tu cabeza y te dejan maravillado por la riqueza de sus múltiples texturas.

Estamos sin duda ante uno de los trabajos del año. Es una obra de arte contemporánea en la que Holden manipula a su voluntad el espacio, elaborando ambient triste y gris con bajas pulsaciones o tech house con ramificaciones IDM que tiene tantas capas sonoras que te inmiscuyen en un caos del que sólo él sabe cómo salir, continuando con un corte diferente pero que no desentona. Es, sobre todo, un álbum para escuchar tranquilamente, para reflexionar como en las grandes obras; para escuchar con detenimiento y sin prisas. Para perderse y descubrir algo nuevo en cada escucha.

Por qué James Holden está en otro nivel

Desde luego, James Holden ha vuelto pegando algo más que un golpe en la mesa. Regresa al mundo de los LPs exhibiendo técnica, construyendo complicadas paletas sonoras (esquizofrénicas en muchas ocasiones), pidiendo paso para que esta vez y a diferencia de su debut, esta obra perdure en la memoria colectiva como un álbum referencial, más arriesgado y casi conceptual en el que viola al oyente sin ningún tipo de rubor. Asimismo, y en referencia a su primer LP, es un trabajo mucho más complejo y completo, si bien en aquél casi todas las canciones partían de una base y tenían un sonido similar, aquí nos encontramos con las diferentes aristas que su creatividad puede ofrecer cuando tiene la tranquilidad suficiente. Cuando quiere, juega en su propia liga.

Por otra parte, concentra todo el sonido de Border Community, empapándose de la música de sus compañeros de sello y tejiendo redes sonoras en la órbita de las atmósferas eléctricas de Petter y el sonido metálico de Nathan Fake o Fairmont. Aglutinando estos matices, si en el debut ya metía en tu cabeza su degeneración musical, ahora lo hace de una forma mucho más agresiva, creando varias líneas de percusión que se mantienen fijas en las raíces de las canciones, mientras que en la superficie estalla un caos del que es difícil escapar por su abrumadora genialidad.

A diferencia de otros productores que también logran confeccionar una simbiosis ideal entre tech house e IDM, como ha hecho por ejemplo recientemente Jon Hopkins, Holden consigue ir un paso adelante y rellenar el espacio con más carne en el asador. Las interferencias tan glitch, la tenue capa de ambient, la invocación de fantasmas vocales en segunda línea… Demasiados recursos para tan poca saturación. Y él como si nada, hilando cual relojero suizo todas las piezas para que encajen en esta gran obra de arte.

Derramando todo su potencial en tu cabecita

Puede que a priori ver que hay quince canciones y un minutaje considerable eche para atrás, pero el de Exeter ya no es el mismo que se dedicaba a hacer remixes de Madonna o Britney Spears con tech house de baile para cerrar honorablemente un festival a las siete de la mañana. El álbum va en un progreso lento pero sin interrupciones, es un todo que ha quedado excelente y que empieza con el preludio analógico de ‘Rannoch Dawn’, en la que empieza a brillar una composición cerebral con multitud de beats que van rechinando en el fondo de la canción. Es indispensable escuchar el disco detenidamente y con auriculares para poder disfrutar de los detalles de este festival de arpegios que van y vienen.

Después de este calentamiento, James se pone el disfraz de director de orquesta para ordenar todo el caos y la degeneración que él mismo va creando a base de distorsiones, deformaciones y sonidos en movimiento que se reconstruyen para crear su propio Picasso. En este sentido, la primera mitad del álbum es fabulosa, Holden continúa en pleno estado de gracia repartiendo sonido Border Community en el gran avance ‘Renata’, con varios secuenciadores a la vez pero a distinta velocidad, la Semana Santa retorcida de ‘Sky Burial’ (como ya predice el título) o la sublime ‘Inter-City 125’, que merece un punto y aparte.

Esta última podría ser una versión del mensaje que da el OVNI de Encuentros en la Tercera Fase, o las valkirias de Apocalipsis Now derramando napalm a cámara lenta, o los monos adorando el monolito de 2001. O simplemente un instante en el que capta lo que se escucha en una parada de autobús cuando la ciudad duerme. Suena grandilocuente pero calmado a la vez. El abanico sonoro que aquí moldea es tan amplio que puedes elegir tu reminiscencia favorita. Todo gracias a la conexión directa con nuestros sentidos, especialmente en la segunda mitad de la canción, cuando empiezan a aparecer los instrumentos de viento propios de una banda sonora. Una composición perfecta.

En la segunda parte del álbum sigue cavando para que te sumerjas en su oasis de sonidos, en los que detona varias implosiones tech house que se encuentran dentro de las atmósferas ambient que rodean algunos cortes. Es una vez más, la sensación de estar escuchando a un genio en su mejor momento; en su etapa de madurez plena en la que ha estado más de un lustro pensando en cómo debería ser su próxima obra, cómo sincronizarse con cerebros ajenos y ejecutar combinaciones de ambientes y ritmos tan elocuentes. En las profundidades de ‘Seven Stars’ tenemos más de lo mismo, sonidos que se clavan en tu psique para empezar la transferencia de lamentos electrónicos que te invaden por todos los flancos. Eres incapaz de atender a todos, lo único que te queda es dejar gustosamente que siga mancillando tus recuerdos personales.

Jugando con cacharrería analógica

Desde que probó algunos artefactos analógicos ya no compone emulando sintetizadores con algún software típico. Los utilizó para temas como ‘The Inheritors’ y su orgía arpegiadora en la que los propios sonidos chocan entre sí creando sensaciones que a Holden le importan mucho. Dice que el cerebro y sus funciones primarias se enchufan y se sincronizan con la electrónica. Algo que ocurre 100% con su música caótica, esquizofrénica y repletas de capas y capas de recursos. En este sentido, qué mejor que ‘Gone Feral’ para despertar esos instintos más primarios en el incendiario y abrasivo mejunje de invasión analógica.

Estas tormentas de distorsiones y efectos fantasmagóricos continúan sorprendiendo y descubriéndote matices nuevos en cada escucha, sobre todo en temas tan inquietantes como la oscura ‘Circle Of Fifths’, con un Holden que ya se ha asentado en tus cavidades parietales y se está dedicando a experimentar con todo lo que encuentra a su paso. Para finalizar el disco, aún hay algún regalo de IDM muy Boards Of Canada en ‘Blackpool Late Eighties’. El capo de Border Community se empapa de cualquier sonido o modus operandi propio de otros grandes artistas y los lleva a su terreno ejecutándolos con un exquisito gusto. Un arquitecto único.

Álbumes como este son más complicados de escuchar si no estás habituado a las composiciones del inglés, pero si logras conectar, te verás rodeado de una atmósfera sin igual. Te desafía en cada canción, forzando los sonidos y retorciéndolos sobre sí mismos. Y todo sin descanso, un corte detrás de otro poniéndote la cabeza del revés. El inglés no está cómodo en ninguna etiqueta y su necesidad continua de experimentar crea una inercia que le lleva a visitar demasiadas etiquetas, por lo que al final podemos hablar más de los recursos propios que utiliza de un determinado género; más que de un género que practique. Está en una equidistancia que le separa de territorios explícitamente IDM, ambient o tech house. Y es lo que le hace tan grande. Trasciende géneros porque los combina como nadie.

9.5/10

Estamos ante uno de los candidatos a disco electrónico del año, pero The Inheritors va más allá, y aunque aún es temprano, puede que también lo sea de la década. James Holden ha mostrado una brillante experimentación con simbiosis de sonidos retorcidos, psicodélicos y expansivos, buenos juegos con el estéreo y una percusión de fondo que se ve machacada por las explosiones que le caen de la superficie. Una absoluta obra de arte que se sumerge en la mente humana para abrirte un abanico de sensaciones. Un disco que quedará esculpido en letras de oro. Como su creador.

Me gusta el chunda-chunda.