Opeth – Heritage (2011): para los que leen entre líneas

He aqui uno de los discos más polémicos de los últimos tiempos

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Al empezar a grabar Heritage estaba muy desilusionado, pensaba que era el final de la banda.

Heritage, el décimo álbum en la carrera de los suecos Opeth, es un disco que dice mucho más de lo que cuentan sus diez canciones (que no es poco). El impacto inicial, monopolizado por la sensación de viudedaz que muchos sintieron al ver marcharse a una de las bandas más importantes que el Metal Extremo había regalado en su corta historia, no era más que la punta del iceberg. Posteriormente llegarían la polémica y la reafirmación, la segunda como respuesta a la primera y entre medias declaraciones por parte de Mikael Akerfeldt que dejaron claras muchísimas cosas.

No han sido pocos, ni lo serán, los que han tachado a la banda de Stockholm de traidores por renunciar a una esencia (que todo sea dicho nunca ha sido tal). El mundo del Rock, y del Metal por añadidura, es un ambiente hostil en el que el seguidor se resiste al cambio, en el que el fanático es muy dado a perder los estribos cuando la banda de turno se sale de la zona de confort (de la del fan, por supuesto). Algunos suelen apreciar el cambio, pero otros tantos suelen acabar firmando actas de defunción o directamente sentencias de muerte. Todo esto es lo que han vivido Opeth en los últimos cuatro años, y es lo que parece van a seguir viviendo a tenor de lo que hemos podido escuchar de su próximo disco Pale Communion.

Un acto de supervivencia

El caso es que un disco como Watershed mostraba ya a una banda sedienta por un cambio, que necesitaba tomar un rumbo diferente pues veía la fábrica de las ideas y la garganta (parte fundamental en la cadena de montaje) mostrando ya claras señales de debilidad. Composiciones que habían caído demasiado en la certidumbre y cierta inestabilidad en las relaciones interpersonales eran ya motivos más que suficientes para tomar el camino de en medio, pero dejar fuera de la ecuación el ansia de crecimiento (o simple supervivencia) que siempre ha caracterizado a Mikael Akerfeldt sería no encontrar jamás la forma de despejar la incógnita.

Y claro, fundamental fue el momento en el que el guitarrista y vocalista comenzó a componer la continuación de un disco ya bastante cuestionado a pesar de tener alguna que otra canción de calidad incuestionable. En inicio la línea a seguir era la acostumbrada, no por convicción, sino por rutina, pero la propia tendencia fue la sentencia de un camino transitado tantas veces que había acabado siendo terriblemente aburrido.

Escribí un par de canciones tratando de mantener la línea que traíamos de Watershed pero sabía que no eran lo suficientemente buenas, y Méndez me lo dijo.

Lógicamente Mikael Akerfeldt no estaba dispuesto a acabar siendo víctima de su propia fórmula, la cual, a pesar de su perfección (proviene de un disco como Morningrise) y perfeccionamiento (Blackwater Park es la obra cumbre de la banda), venía resistiendo casi inalterable durante quince años. El cambio tampoco acabaría siendo radical, pero aunque los pasados acontecimientos encaminasen a Opeth hacia Heritage de forma irremediable, gran parte de su fanaticada no lo había visto o no había querido verlo. Ya Damnation en 2003 había dado suficientes pistas al respecto, por lo que era y su recibimiento, pero el carácter entendidamente casual de aquel álbum en su contexto hace que muchos lo considerasen más como una rareza que cómo una constatación de que años después el camino estaría en la senda desarrollada en ‘Closure‘.

Situado ya frente a la encrucijada del colapso creativo y la negación a la rutina, Akerfeldt optaría por, quizás, dar más vueltas de tuerca de las esperadas al mecanismo de la evolución. El resultado sería Heritage, un álbum consecuente a pesar de que ofrezca momentos ante los cuales sea inevitable pensar que Opeth se habían saltado varios pasos, cuestión que queda patente en toda la polémica y división de opiniones que acabó envolviendo al álbum, afrenta que provocó que algunos ignorasen sus múltiples aciertos y que otros hicieran lo propio con sus defectos, que tenerlos los tiene y bastante patentes.

El disco más polémico de los últimos tiempos

En cualquier caso hablar de Heritage y no poner el foco en todo lo que envolvió a su lanzamiento y a su recepción sería dejar la historia a medias, pues el disco de Opeth es uno de los que más ríos de tinta han generado en los últimos tiempos. De marcado carácter retro y con una inconsistencia que en el tiempo ha acabado convirtiéndose en su principal problema, el décimo álbum de los suecos ha acabado siendo una especie de detector de bocazas, de conejillo de indias para un experimento tal como plantea mi compañero Gallego en ácido artículo publicado hace unas semanas.

“Si quiero escuchar prog me pongo los discos que Camel sacaron en los setenta, no a Opeth” es probablemente una de las mayores de las estupideces que he podido leer en mis más de treinta primaveras, y todo debemos agradecérselo a Heritage. Evidentemente no es la única de las perlas que seres mononeuronales han deglutido, pero sí resume una realidad que todo aquel que no haya vivido en una cueva estos cuatro años debe haber conocido.

Que se jodan, la gente puede hablar lo que quiera; si hay un problema es de ellos, no mío. Nadie va a restringirnos ni decirnos qué debemos hacer. Nosotros hacemos música, el público decide si le gusta o no. Seguramente tienen otra banda que escuchar que haga lo mismo una y otra vez, pero nosotros nos somos así.

Y claro, Mikael Akerfeldt la ha sufrido en carnes propias y no se ha cortado a la hora de desnudar la estupidez que caracteriza al público “metalero” como masa, un público que se jacta de criticar la pose de los demás pero que no se da cuenta de la propia, un público que repudia todo aquello que no entiende, que desprecia todo lo que tiene que ver con el dinero ajeno mientras hace la vista gorda con las chorradas en las que invierte el propio.

A sabiendas, la prensa musical ha vuelto una y otra vez al tema siempre que ha tenido frente a sí a Opeth, reunión que ha dejado alguna de las frases más impactantes de los últimos tiempos, primero por el reconocimiento de que el Death Metal puede haber quedado en el pasado y segundo por el empeño de Akerfeldt en dejar claro que Opeth es su banda y se la folla como quiere, cuestión que, todo sea dicho, siempre es divertido leer.

Errado en el qué, no en el por qué

Ahora bien, ¿qué es realmente Heritage? ¿Por qué tanta polémica a su alrededor?

Como decía unos párrafos más arriba, si no nos ponemos demasiado exquisitos, Heritage no es más que la natural continuación de la senda mostrada ya en Watershed, solo que llevada al extremo, pisando a fondo el acelerador en el momento en el que el terreno se muestra favorable. Pinceladas de Hard Rock o Metal Clásico sirven de aderezo momentáneo para un álbum en el que el Rock Progresivo y el Jazz Rock son la base, son el entorno en el que Opeth ubican influencias que van desde el Jazz de Jan Johansson en la intro hasta el Metal sin aspavientos de Rainbow en ‘Slither‘, tema que sirve de homenaje al fallecido Ronnie James DIO.

Creo que Heritage es Metal, aunque bastante rebelde. Pero un montón de gente, obviamente, no estará de acuerdo. Para mucha gente el Metal se trata de estar gritando, batería de doble bombo, una grabación computerizada que suene más o menos inhumanamente.

Y en medio encontramos Rock Progresivo y Folk, a veces agitado y otras solo removido, siendo quizás este el principal problema del empeño. Técnicamente Heritage es un álbum exquisito, con un mimo inalcanzable para muchos, pero acaba perdiéndose en su propias redes, acaba enredándose en la tela de araña que los propios suecos han tejido.

Incluye momentos para los que la palabra sublime se queda corta pero los combina con secciones que no aportan más que artificialidad al producto, que provocan la desconexión por una frialdad que no es pretendida. Todo lo que es, han sido y serán Opeth se presenta en Heritage como una declaración de intenciones futuras que pretende reescribir el pasado, pero mientras acierta en el fondo acaba errando por momentos en la forma.

Algunos desarrollos instrumentales acaban perdiéndose en un ensimismamiento que por momentos desemboca en el ambient o en el más puro silencio, mientras que otros parecen estar ahí con la simple intención cumplir la cuota de ruido o virtuosismo, cuestión que con Opeth está lejos de ser la pretendida. Heritage desprende olor a momento definitivo pero a disco de transición, a banda con las ideas claras pero no ejecutadas con la claridad necesaria.

7.3/10

Evidentemente los hay que consideran que Heritage es una simple traición o un mero intento de subirse al caballo ganador, pero la corta estulticia queda desnuda en cualquiera de las dos posibilidades. El décimo disco de Opeth está lejísimos de ser un disco perfecto, de hecho puede ser el más flojo de su discografía junto con el debut, pero no falla al continuar un camino para el que la coherencia es el combustible ni gira con la intención de sumergirse en un océano de dólares. Comercialmente Heritage ha funcionado bastante bien a pesar de todo, pero no está de más recordar que hacer Rock Progresivo en pleno 2011 no hace rico más que a Roger Waters, y la excepción nunca confirma la norma.

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