El tamaño sí importa (XLII): ‘The Mercy Seat’, de Nick Cave and the Bad Seeds

Una obra maestra salida de un pacto con el diablo.

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Normalmente uno se suele dar cuenta cuando tiene ante sí una obra maestra, cuando ha escrito algo que pasará a la posteridad y que hará que su nombre sea un imprescindible imborrable que resalte con luz propia. Puede ocurrir que al principio uno no se dé cuenta de la magnitud de lo que acaba de crear, pero una vez se asume la magnificencia de la obra tiene la obligatoriedad de mantenerla siempre viva, siempre a su lado para difundirla como palabra divina, como si así lo estipulara un contrato invisible pactado con el diablo. Sin duda, Nick Cave sabe más que suficiente sobre ese tema.

Seguro que al instante de haber terminado ‘The Mercy Seat’ supo que tenía ante sí esa obra maestra que le iba a definir como pocas canciones en su carrera, aunque no sería la única. A pesar de lo agotador y desesperante que pudiera ser grabar Tender Prey (Mute, 1988), además de la espiral de dificultades emocionales que el propio Cave reconoció vivir durante esa época, sabía que tendría una canción que siempre iba a estar acompañándole allá donde fuera (la ha tocado en casi todos los shows con los Bad Seeds desde que la publicara). Una canción que termina llevándose todos los focos y se impone a un disco fantástico con canciones como ‘Up Jumped The Devil’, ‘Deanna’ o ‘Slowly Goes The Night’, pero así de exigentes e inagotables son las obras maestras.

And the mercy seat is waiting
And I think my head is burning
And in a way I’m yearning
To be done with all this measuring of proof
An eye for an eye
A tooth for a tooth
And anyway I told the truth
And I’m not afraid to die

Oscura, gótica, marcial y gloriosa. Nick Cave se llena de referencias bíblicas, tanto del viejo como el nuevo testamento, para añadirle trascendencia y dramatismo a ese enfrentamiento entre el hombre que se sabe culpable ante su mortal destino, acercándose paso a paso tanto a la silla eléctrica que le ejecutará como al trono divino donde su creador le juzgará por sus aterradores actos. Más de siete minutos con unos versos, los que veis citados arriba, que mutan y se repiten de manera cíclica llegado a cierto punto, profundizando la angustia lúgubre de la canción hasta hacernos sentir que somos nosotros los que nos dirigimos a ser electrocutados.

El ambiente que crean el resto de Bad Seeds (Blixa Bargeld y Mick Harvey en esta formación, palabras mayores) sin duda ayuda mucho a hacer más redonda la composición. La sublime combinación de componentes tan magníficos es lo que termina de hacer esta canción algo tan legendario, tan épico, tan extraordinario que es imposible mantenerse impasible ante ella. Ni siquiera el mismo Nick Cave como demostró aquella vez que le vi en directo. Imborrable permanece en mi retina el recuerdo de El Hombre acompañado de su banda tocándola y dejando casi sin palabras ni respiración al público que allí nos reunimos. Así de grandes son Nick Cave and the Bad Seeds y así de grande es ‘The Mercy Seat’.

Por otro lado, cuando Johnny Cash elige una canción emblemática tuya para versionarla, está claro que te has ganado el cielo.