Niño de Elche – Voces del Extremo

Mientras que en otros países y en otras latitudes las músicas tradicionales han logrado juguetear con realidades opuestas como paradigma de que la fusión es clave para su superviviencia, en la ultratradicional España el Flamenco

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Mientras que en otros países y en otras latitudes las músicas tradicionales han logrado juguetear con realidades opuestas como paradigma de que la fusión es clave para su superviviencia, en la ultratradicional España el Flamenco se resiste a esa mezcla que convierte al hijo del rey en plebeyo indigno que lleva al apellido a la muerte pero que permite que la semilla siga esparciéndose de acá para allá.

Teorías al respecto hay muchas y la gran mayoría orbitan alrededor de una inquisición que amenazaba con la turba y la antorcha para aquel que no hiciese más que atreverse a cuestionar el postulado. Algo así sucedió cuando el Flamenco pasó de manos tras la funesta Guerra Civil, convirtiéndose en el paradigmático sonido del inadaptado, del derrotado, del que aún siente que España le debe lo que el gallego se robó allá por 1936. Más allá del racional (y comprensible) rencor hacia el embuste de ver al enemigo en tu casa, en tu tele, en tu sopa, el Flamenco acabó prisionero del reprobable acto de asignar su sonido al pobre, al inculto y al hambriento. El pobre, inculto y hambriento lo reclamaba para sí como era lógico, pero esta asignación tuvo mucho de guetificación del género, de vamos a darle al pueblo esto para así poder denigrarlo precisamente por su apego al sonido del pobre, del inculto y del hambriento.

La polarización acabó con el Flamenco en el desprestigio a ojos de la mayoría y en la intransigencia para una minoría que se sentía atacada en lo social por razones obvias y en lo artístico por otras más cuestionables. Pasada la turba, o aminorada la algarada tras generarse millares de debates infructuosos, los puristas de la idea y del sonido construyeron un muro para defenderse, articulado por gulags y cazas de brujas para todo aquel que acercase sus capitalistas manos al sonido del pobre, del inculto, del hambriento. El muro había caído, la estatua de Lenin se había ido y los pepinillos que engullían no eran fabricados en la RDA sino en la ultracapitalista Holanda, pero la realidad sigue desdibujada por y para ellos mismos como método de autodefensa, empeñados en que su idea y su método sólo sobrevivirá desde la más virginal pureza, alejado de las sucias manos de un capitalismo cultural que desde su punto de vista aplasta la minoría bajo hipócritas actos de fusión de géneros.

No hay nada más Punk que el Flamenco

Francisco Contreras, aka Niño de Elche, nació artísticamente al otro lado del muro y dice que lo suyo es el Flamenco, pero no ESE Flamenco. Intentar posicionarlo en uno de los bandos anteriormente citado puede que sea demasiado aventurado por mi parte, pero hay que reconocer que ese ir y venir que hasta el momento ha sido su carrera tiene mucho de ese que cruzaba la frontera a ver Emmanuelle porque estaba agotado de tragarse la puebleril chabacanería de Paco Martínez Soria. Lo suyo es jugar con todo y con todos sin casarse con nadie, fiel a su personal concepción del Flamenco como respuesta contestataria al contestatario cerrado de mente que porta la bandera de la pureza ideológica y estilística como si de la raza aria se tratase.

Niño de Elche juega con todos pero no se casa con nadie, fiel a su respuesta contestataria como bofetada al absurdo contestatario parapetado en una pureza contraproducente

Su particular homenaje al grupo de poetas que anualmente se reúnen a conspirar contra todo y a alabar a Juan Ramón Jiménez es como ese viaje a Perpignan, conducir hacia la barbaridad y la perversión del género desde el agotamiento de una intransigencia que lo encierra todo en un circulo vicioso. Y lo ha construído discursiva y estilísticamente de esta manera pues la coyuntura viene al dedo para pintarle la cara a nuestro país y su esquizofrenia. Un país ensimismado en esa miseria que tan bien dibujó Pablo Und Destruktion, una miseria de la que se empeña en encerrarse por el masoquismo del que cree que el conservadurismo es la única cura frente a la sedición, la perversión y el fornicio. Cuando lo único que hace es metabolizarlo y promoverlo.

Voz flamenca para una psicodelia de desfilar germanodictatorial. Pop electrónico con dentelladas de ironía, mal gusto y vísceras aquí y allí. New Wave y Ambient que remueven nuestra conciencia mientras se dibuja ante nuestros ojos un relato de odio cultural y religioso. Todo revuelto pero con el Flamenco como eje vertebrador, una voz que sale de dentro y que juega a ser el más canalla, el más gamberro y el más irreverente del barrio pues sabe que el eslogan es el megáfono y éste el vehículo para remover todas las conciencias.

Los hay que se asustan y santiguan por la blasfemia. Niño de Elche asiente consciente de que no hay mejor forma de respetar la tradición que lograr que sobreviva, sabedor de que la multiculturalidad no es una amenaza sino la mejor de las respuestas al odio que nuestra sociedad puede ofrecer (¿a que sí, García Albiol?). Esto no supone ni enfrentarse al pasado ni generar listas de aludidos a la espera de que se confirme que la afrenta no es contra ellos. Voces del Extremo juega a dibujar una realidad en la que la pureza es un freno y no pertenece a nadie, por mucho que algunos suelten alegatos con los dedos cruzados y pose de embustero.

Y lo mejor de todo es que Voces del Extremo (Telegrama, 2015) no deja de ser Flamenco a pesar de todo esto por la propia concepción de este sonido, atemporal, pues viene de otros tiempos y otros lugares, y sincero, pues no es sino la voz de un pueblo que siente cierto asco de sí mismo, de sus dirigentes, de sus patrones de conducta y de su incapacidad para salir de una espiral en la que se ha visto envuelto. Por esto precisamente estamos ante un disco potentísimo, pues se sirve del inmovilista Flamenco para romper desde dentro la dictadura de convencionalismos y tradiciones en la que vive encerrada la sociedad española y su sonido universal.

Un papel fundamental a la hora de conformar el relato han jugado Dani Alonso y Darío del Moral, de Pony Bravo, el omnipresente Raúl Cantizano y su transgresora guitarra, y los poemas aportados por los autores de la Poesía de la Conciencia, entre los que se encuentra Antonio Orihuela. Todos sirven de apoyo para una transversal búsqueda que lo es todo sin quedarse en nada, que hace verdad incuestionable la retórica del género que es un simple elemento discursivo en vez de una razón de ser. Voces de Extremo plantea preguntas lógicas y da respuestas poco evidentes, recompensas para el abierto de mente y mirada con desdén para el que no entiende de qué se trata esto.

Voces del Extremo se sirve de la transgresión para hacer un paralelismo entre el impermeable Flamenco y la tradicional y vasta España, esa en la que todos nos odiamos por no aceptar nuestras diferencias

Disquisiciones al respecto del por qué y para qué a un lado, hay que reconocer la valentía de Francisco Contreras, quien ha logrado articular un discurso coherente a pesar de recoger alegatos en una dirección y la contraria. Y esto es así porque precisamente gracias a esa ambivalencia entre tradición y transgresión es que su obra adquiere credibilidad, pues es necesario conocerse la tradición al dedillo para así poder cuestionarla y romper sus normas sin que el resultado se salga del área de actuación que permite que la realidad siga existiendo.

9.4/10

Lógicamente este discurso se sostiene gracias a un mimo excesivo por el detalle y una conciencia alejada del temor a ser señalado con el dedo. No sé a quién le leí estas palabras pero asimilado Voces del Extremo no puedo sino afirmar que me parecen acertadísimas: “No hay nada más Punk que el Flamenco”. A las mismas yo añado: “No hay nada más Punk que España, no hay nada más Punk que Niño de Elche”. Ahora, a ver cómo le explico yo a mis compañeros que he estado cerca de cerrar esta crítica con un que viva el punk. Uy, se me ha escapado.

Esas bombas nucleares están cogiendo polvo.

  • Rafi Gómez Pineda

    El mejor disco nacional e internacional del año.

  • Radar

    Pero esto… es el Omega del siglo, ¿no?
    Amor instantáneo..