
Esta noche, con todo vendido, el nuevo grupo de Liam Gallagher llega a España para pasarle la prueba del algodón en La Riviera (Madrid) a su disco de debut, Different Gear, Still Speeding. Y, a medida que avance esta gira, ir liberando el peso que está recayendo en su espalda a propósito del primer disco tras la separación de Oasis, con la inevitable comparación con la banda materna. Estoy convencido de que este disco persigue la liberación, romper las cadenas que los condenan a vivir a la sombra del talento de Noel Gallagher, y lo que él significaba en Oasis. Por ello, han decidido prescindir de la épica o la sofisticada consistencia de aquellos discos, para entregar un disco aseado, liviano, y en el que la falta de pretensiones reduce su trascendencia, pero hace mucho más agradable la escucha de 13 temas que conforman un álbum decente, que no estaba tan claro que pudiesen conseguir.
Lo primero que sorprende, positivamente, es la confianza con lo que afrontan esta nueva etapa, donde generalmente mantienen el nivel de las canciones que Liam, Gem y Andy aportaban a Oasis, y, en ocasiones, las mejoran. A ello contribuye una inteligente producción de Steve Lillywhite, capaz de enriquecer las canciones sin saturarlas, manteniendo una ligereza de agradecer, lubricando un sonido como quizá sitúa el álbum en algún punto común entre la música de Stereophonics (sobre todo), de Charlatans y los discos más pop de Manic Street Preachers (en menor medida).
Lo que más se agradece del álbum es, sobre todo, la seguridad que se encarga de demostrar durante todo el álbum Liam Gallagher, con una voz que, aunque no llega a sus cotas altas de los 90, suena agresiva, ambiciosa y desafiante, dejando destellos del frontman magnético que nos fascinaba con su pronunciación tosca, de la ‘rock & roll star’ de su generación, que convierte a ‘Four letter word‘ en una tremenda demostración de instinto, garra y energía.
Y la cosa no continúa nada mal, una ‘Millionare‘ con una fantástica melodía construida a base de guitarras acústicas y slide, y en la que la melodía vocal transmite una jovialidad despreocupada que hacía mucho que no escuchábamos en Liam. Como si estuviese de buen humor y su día consistiese en hacérnoslo saber, sobre todo ahora que no coincide con Noel. Y tras estas dos primeras aportaciones, ‘The Roller‘, compuesta por Gem, y a pesar del plagio/homenaje/guiño a ‘Instant karma‘, resulta en una balada sólida y con gancho, con un estribillo que no se te quita de la cabeza.
A continuación, a pesar de llevar el título de ‘Beatles and Stones‘ y de su fanfarronería (I’m gonna stand the test of time / like Beatles and Stones), transmite toda la energía da la época dorada de los Who y toda la rabia de cualquier grupo punk y supone, a mi entender, el mejor tema firmado por Liam hasta la fecha. Por desgracia, este pleno de aciertos se rompe con ‘Wind up dream‘, un tema con un riff y unos coros tan previsibles como muchas de las canciones del Be Here Now, y que, para lo normalillo que resulta, molesta que vaya situado entre dos puntos álgidos del álbum, de antesala a la primera canción que conocimos de ellos, de esencia glam, y que bebe tanto de T-Rex como de Jerry Lee Lewis, con su piano machacón y unos coros femeninos que robustecen un temazo que culmina una sobresaliente primera mitad de álbum.
Desde entonces, una distribución en la que pasan a primar los medios tiempos y baladas, pero que resulta más irregular a nivel de resultados. Por ejemplo, brilla la sencilla, luminosa y songbirdiana ‘For anyone‘, y destacan tanto la amable balada beatliana con piano de ‘The Beat Goes On‘, como ‘Kill for a Dream‘, que recuerda, más en aroma que en textura, a ‘Keep the dream alive‘ (del Don’t believe the truth). A este grupo podríamos unir a ‘Wigwam‘ si no fuese por los 3 minutos finales de canción, un bucle innecesario, prácticamente un reprise, que no aporta absolutamente, a no ser que fuese la última canción; pero colarla como la canción 10 de 13, descentra, teniendo en cuenta que se sigue de ‘Three ring circus‘, una arisca sucesión de riffs que rompe la dinámica más calmada de esta segunda mitad de álbum. Es, simplemente, una buena canción, pero fuera de sitio. Todo termina con la final ‘The morning son‘, acústica y buscadamente evocadora, con unos coros envolventes, que refrenda que aunque fantásticamente producidos, en los medios tiempos se diluye parte de la personalidad del grupo, que convence más a cara de perro, que sonriendo cómplicemente.
Si tenemos en cuenta el pasado de sus músicos, defrauda que se mantengan en sus influencias en vez de intentar dar un paso adelante, y que el álbum se quede en un digno álbum de una banda veterana con nuevo nombre. Si interpretamos el disco como un debut, podríamos decir que sería otra prometedora apuesta británica de 2011 intentando recuperar algo del aura del britpop al que seguir la pista a pesar de que se trataría de un revival de lo que sonaba hace menos de 20 años. Descontextualizando, a pesar de las ganas que muchos les tenían de que fracasasen, el resultado es un disco notable, que rejuvenece a sus cuarentones miembros, que recupera algunas cualidades que creíamos olvidadas (la voz desafiante de Liam, un buen catálogo de riffs sobre baterías contundentes, la arrogancia como expresión del entusiasmo, cierto espíritu salvaje) y que nos hace albergar esperanzas en el futuro del grupo. A ver si la separación va a resultar beneficioso a ambas partes…
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