Hipersónica

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Lo mejor de cada año

Los mejores discos de electrónica de los últimos 25 años (2001-2025) (III y final)

Historia de nuestras vidas

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Ferraia
Jan 25, 2026
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El futuro es hoy
  • Viene de la parte 2

  • Parte 1

15. The Field - From Here We Go Sublime (Kompakt, 2007)

Los primeros compases de ‘Over The Ice’ rápidamente desprenden esa sensación de que será uno de esos discos de exquisita atmósfera, siempre cuidada por el sueco Axel Willner, y donde el crecimiento a base de loops no tendrá final. A base de pequeñas secuencias de repeticiones, con vocales y secciones troceadas, antes de llegar a los dos minutos la superposición de esas partes va generando nuevas melodías sobre las preexistentes. Un loop encima de otro loop. Es la esencia de su debut, a mitad de camino entre un minimal techno que estaba más centrado en rítmicas de pista de baile y repetición, pero no en este enfoque más ambiental de música que, literalmente, flota. Y que de forma paradójica, no esquiva la pista. Dentro de esas yuxtaposiciones y secciones que iban acumulándose había otras micromelodías que se iban generando y tirando por otras derivaciones estilísticas. Así es como hay aguijonazos de acid en el interior del armazón de ‘The Little Heart Beats so Fast’, o un deep house onírico troceado en ‘Everyday’. Pura fantasía y escapismo. Una colección de temas que no paran de regenerarse creando un loop infinito. Sin dejar de crecer, como harían después Fuck Buttons, The Field había creado un imaginario único, una vertiente juguetona y descaradamente pop de Gas, en las que vacila al oyente, desordenando las piezas de ‘Mobilia’ para después ir dándoles forma y articular un viaje sin fronteras. Un Looping State of Mind, que diría algunos años más tarde.

14. The Caretaker - An Empty Bliss Beyond this World (History Always Favours the Winners, 2011) / Leyland Kirby - The Death Of Rave (2006)

Escribió Nietzsche que “la ventaja de tener mala memoria es que uno disfruta varias veces de las mismas cosas buenas por primera vez”. Verdad lapidaria que encabeza el bandcamp de Leyland Kirby, más conocido para todos como The Caretaker, obsesionado con el alzheimer y los efectos neurodegenerativos. Pero también con eso que se llamó la hauntología, término acuñado por otro filósofo, Jacques Derrida. Antes de entrar en su (otra) gran (en cuanto a larga y completa) obra Everywhere at the End of Time (2016-2019), aquí ya ensayó la idea. Un ambient que se va desvaneciendo poco a poco, rasgándose, para no volver nunca. Tan solo por momentos. Como esas memorias tan frágiles. Difuminadas. Aspectos pasados aquí por el filtro hauntológico de la música ligera de primeros de siglo XX, con esa fascinación por arcaicos gramófonos, por los ecos de un pasado no vivido. Un disco inspirado en los pasajes de pacientes de alzheimer que aún pueden rescatar algunos recuerdos a través de viejas canciones. Estados de ánimo ciclotímicos mientras suenan cintas que rechinan constantemente, como una memoria que hace esfuerzos por no irse definitivamente. Una obra de resultados tan inquietantes como el valioso mensaje que Kirby quiere transmitir. Su ambient se va degradando salvo resquicios a los que aluden los títulos; como en el penúltimo tema, el último aliento antes de la muerte; los músicos del Titanic tocando mientras reina el caos y todo se hunde. Un homenaje a 78 RPM donde nada es casual. Como que su alias sea el cuidador, hablando de lo neurodegenerativo.

Junto a Everywhere at the End of Time, hay otra gran obra de The Caretaker que lleva la firma de su nombre de pila, Leiland Kirby, descatalogado hasta su rescate en bandcamp. Quizá de esas al borde del troleo. Más obsesiones memorísticas, aunque no cuando esta se rompe, sino haciendo su particular remember del fin de una era, la de la rave británica. Otra jodida o-b-s-e-s-i-ó-n. Después de una visita a Berghain en 2006, aquello le pegó fuerte y se marcó estos 111 temas de detritus sonoro; 10 horas de auténticos himnos o temas de la época británica que pone literalmente del revés, generando una suerte de drone, con piezas que suenan, decididamente o no, a esa hauntología de la música ligera en cortes como el 22. Si se deben tener en cuenta las cuestiones conceptuales más allá de lo musical, esto aúna ambas partes, con secciones que suenan básicamente apocalípticas, sepultando el final de una era. Una bendita locura a la que merece la pena asomarse para sentir qué se siente al ser centrifugado. El rosario de la aurora. El fin de las sinfonías. Otra destrucción de la memoria.

13. K. Hand - “Detroit-History” Part 1 (Tresor, 2001)

Nacida en Detroit pero criada y educada bailando entre las sesiones de Larry Levan en Paradise Garage, Kelli Maria Hand, más conocida como K. Hand, fue —falleció en 2021— una productora rompedora. Una de las primeras en el techno y la que abrió las puertas a otras artistas de la comunidad negra en una escena que como tantas otras, estaba dominada por hombres; y en cualquier caso, las que había estaban relegadas a la parte vocal. Con una extensa trayectoria a los platos y en el estudio, “Detroit-History” Part 1 es su último larga duración. Como vimos en anteriores tandas, si ya había discos que miraban al futuro, este, como han hecho otros de la vieja escuela, era otro intento por aglutinar las ramas e influencias que dieron pie al techno. Un álbum salvaje, donde comprobar tanto la destreza de Hand como las profundas raíces de la música negra sobre las que se educó y de las que nació el techno. Una sacudida a lo largo de 15 temas en los que pasa por encima de ti, pero no solo con un motor 4x4 diseñado para sudar hasta la deshidratación, sino con una auténtica exhibición de melodías, detalles y puro groove que dejan seco en ‘Noon (Midnite Mix)’.

Un disco que podría considerarse una joya de culto que seguramente de tener la rúbrica de algún otro grande tendría hoy un reconocimiento eterno. La visionaria y clásica ‘The Creator’ (¿homenaje a Juan Atkins?), el bajo matador de ‘Motor’, el magnetismo de ‘Demf Anthem’, el electrofunk de ‘Security’, el deep house de ‘Hart Plaza’, la dureza de ‘Pyramid’… Un dominio total del lenguaje de Detroit, pero con aroma también a Chicago, a veces pasado de acidorro, con usos de vocoder, y por encima de todo, con el aura de vieja escuela solo al alcance de los mejores.

12. Daft Punk – Discovery (Virgin, 2001)

Discovery acumula algunos de los clásicos de baile más aborrecibles de la historia contemporánea. O el, para ser más exacto: ‘One More Time’. Sin embargo, no es más que la consecuencia lógica de un rompepistas absoluto en el que Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Christo se redefinieron con una obra predestinada a ser un clásico con una consecución de hits que escuchada hoy libres de prejuicios por el aburrimiento, es mucho más que incontestable: One More Time - Aerodynamic - Digital Love - Harder Better, Faster Stronger… Y podríamos seguir. Una consecución perfecta y vibrante; todo lo que ha de tener el buen house, encapsulado en aquello que se llamó el french touch, y que llegó a donde nadie había llegado hasta entonces. Una colección con la que seguir brindando y disfrutando.

Desde el buen rollo de ‘Digital Love’ hasta lo cool que suena ‘Aerodynamic’, ambas emulando riffs de guitarra, porque lo Disco y el ritmo cinemático de Moroder estaba diseñado para seguir capturando al público del rock, como lograron los Chemical Brothers años antes. Una suerte de apuesta atrápalo-todo en la que funcionan estupendamente en un segundo nivel el fiestón de ‘Crescendolls’, el funk de ‘High Life’, el doblete house para cerrar… Y esa joya que en los últimos años, hartos de los ultra hits, ha facilitado rescatar ‘Veridis Quo’, una delicada melodía ambiental cuya sencilla oscilación lo hace todo. Y por encima de todo, hay un trabajo de sampleos en la construcción de los temas que para algunos es motivo de crítica por la extracción de otros clásicos, pero que precisamente por su tratamiento de la materia prima los construye en algo tan difícil como clásicos de toda la vida.

11. Actress - RIP (Honest Jon’s Records, 2012)

Durante varios años, Darren J. Cunningham estuvo haciendo lo que se llamó outsider house antes de que se llamara outsider house. Desde su debut en 2008, había estado recogiendo mucha herencia sonora de algunos de los sonidos que configuraron la década anterior, de una IDM abstracta a aristas del house y construcciones minimalistas que fue combinando de forma singular, a veces acercándose al sonido de Zomby, a quien había publicado a través de su sello Werk Discs. Su tercer largo, R.I.P (Honest Jon’s Records, 2012), llegó rodeado de misticismo, referencias religiosas y también conceptuales sobre su carrera, anunciando una suerte de muerte artística que quizá debíamos interpretar como una reformulación de su estilo que llegó después (replegando su sonido). Sin embargo, los temas no hablaban de la muerte, sino más bien de un nuevo nacimiento, como además sugerían los temas: nacimiento, ascenso, bautismo y… una bajada al inframundo.

Tras un disco más maquinal y lo-fi, Cunningham abría una fase más compleja, con una mejor producción que parecía dividir esas dos partes claras. Una primera de reencarnación y bajada a los infiernos, con una música replegada en sí, con gusto por una ornamentación cuidadísima y cristalina, con un tono sagrado y nostálgico en ‘Uriel’s Black Harp’, pero con un ritmazo de ese venidero outsider house en ‘Marble Plexus’ que avanzaba en varios EPs. Con esa contradicción en el ideario, iba abriendo sutilmente una hornada de nuevas texturas, de gusto por el minimalismo, con una ambientación exquisita e introspectiva en ‘Raven’ sin la cual quizá no podríamos entender a Huerco S. Tras el destello como interludio, llegaba un tramo final de un Actress desbocado entrando en el paraíso sonoro de ‘Caves of Paradise’ o el despliegue estilístico sobre mimbres minimalistas en ‘The Lord’s Graffiti’, que huele a los Daft Punk de su debut. Actress estaba remozando cantidad de etapas electrónicas anteriores, pasándolas por un filtro personal único que sin seguramente pretenderlo definió ese subestilo de house replegado y extraño que más tarde sería bautizado.

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